Edith Stein, vida y oración

“Estamos completamente tranquilas y contentas. Naturalmente, hasta la fecha, sin Misa y sin comunión; quizás más tarde sea posible. Ahora nos es dado experimentar un poco cómo se puede vivir sostenidas interiormente” (04/08/1942, días antes de su ejecución)

Hoy, en el día de Santa Teresa Benedicta, también conocida como Edith Stein, deseo compartirles el análisis realizado de la vivencia de la liturgia a lo largo de su vida creyente a partir de sus propios escritos.

Te invitamos a encontrarte con lo que expresa a través de sus cartas. Un proceso interesante, que nos lleva a comprender más allá de las formas el valor simbólico de la fe.

Este escrito fue presentado en la cátedra de Maestros de Espiritualidad en la Maestría de Teología Espiritual del ITER-UCAB por un servidor.

https://www.dropbox.com/s/ert6dc2gazeytxq/Trabajo3.docx?dl=0

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Revalorización de los Derechos Humanos: una tarea impostergable

Nuestro escrito comienza con la afirmación de que los Derechos Humanos no tienen sólo una función coercitiva ante las acciones humanas como toda norma que respalda un valor, sino que, además, contienen un valor humanizador para todos y todas.

En primer lugar, reconocer la utopía como una creación humana que parte de la realidad y la re-genera (Orrego y Rojas, 1988) nos conduce hacia la noción de los Derechos Humanos como la utopía humana por excelencia que nos permite caminar hacia el ideal sabiendo bien que aún no hemos llegado al lugar anhelado. En este sentido, reconocer esta característica nos permite concluir que la humanidad no ha alcanzado el sueño de una sociedad igualitaria, fraterna y libre; pero que está en un camino que hoy tiene como meta el reconocimiento de la dignidad humana de todos los hombres y mujeres, y la obligación por parte de los Estados de respetarla, garantizarla y promoverla.

La literatura analizada, así como el desarrollo del curso, nos acercan a la historia de luchas y heridas que aún hoy están presentes en Latinoamérica. Esta dinámica nos lleva a reconocer, en segundo lugar, la vinculación existente entre los Derechos Humanos y la historia de nuestros pueblos. Los Derechos Humanos no son una construcción abstracta producto de los sectores de izquierda o de derecha que han intentado conquistar el poder por diferentes vías, sino el fundamento de una lucha constante por la reivindicación de la justicia y de la paz como valores fundamentales. Sin embargo, observamos aún hoy discursos que buscan politizar esta materia, la tensión entre poder establecido y garantías de las personas, y los intentos constantes de desfigurar la realidad a través de las amenazas y del ejercicio del terror, para silenciar a quienes valientemente siguen señalando prácticas injustas, crueles y denigrantes.

El proceso histórico determinado por el surgimiento y reconocimiento de los Derechos Humanos, y por el cambio de paradigma antropológico que suponen, nos llevan en tercer lugar a reconocer el desarrollo humano como un derecho humano fundamental, impostergable y vinculante para todos aquellos que de alguna manera ejercen el poder. Hoy en día sería arcaico pensar que sólo el Estado tiene la función de respetar, garantizar y promover los Derechos Humanos, cuando observamos que la ley del mercado y el surgimiento de las grandes transnacionales lo han reducido a una función de arbitraje sin un ejercicio real del poder concedido por los ciudadanos a través de estructuras democráticas. En esta línea, llegaría a afirmar aquellos pocos que ejercen el poder a través de la acumulación de riquezas tienen una responsabilidad inaplazable en el destino de los pueblos, y en la garantía y la promoción del desarrollo humano, con todas las variables que lo conforman.

Continuando con lo anterior, es importante impulsar estrategias que nos permitan ayudar a las mayorías a empoderarse de sus derechos y deberes, de tal manera que todos los cambios sociales que puedan generarse tengan como base la dignidad humana. Procesos como la globalización, y la posible crisis de sostenibilidad de los sistemas económicos actuales, pueden abrir caminos hacia los cambios necesarios para que las personas podamos avanzar en el reconocimiento de nuestros derechos. No podremos aceptar, por tanto, la medición del desarrollo humano sólo con criterios macroeconómicos, con cifras de seguridad (relacionadas con la carrera armamentista de los pueblos desarrollados), o con números que nos permiten saber que vivimos más tiempo o que mueren menos recién nacidos. El desarrollo humano tendrá que ver, y tendremos que aprender a medirlo, con la garantía de sus derechos, con su capacidad de organización para el aprovechamiento de los recursos humanos y materiales, y en definitiva, con la capacidad de construir utopías y ponerse en camino hacia nuevas metas que le permitan humanizar la realidad.

Las iniciativas relacionadas con la lucha por la dignidad de la persona, como las Comisiones de la Verdad[1], el nacimiento de MOVICE[2], y de otras organizaciones defensoras de los derechos de las personas, los procesos históricos que hoy mueven la política latinoamericana, así como la necesidad manifiesta de grandes cambios en los acontecimientos que hoy nos caracterizan, nos hablan de la capacidad que tenemos como pueblo de forjar y de construir aquello que soñamos, y por tanto, de nuestra capacidad de democracia, de dignidad, de lucha y de continua superación de todos los intentos por dominar y disminuir la libertad que tan alto precio nos han costado.

En conclusión, considero que la perspectiva de los Derechos Humanos nos permite afirmar que Latinoamérica no es sólo un continente, sino un pueblo que en sus procesos históricos y culturales ha demostrado su capacidad de conquistar grandes utopías, siempre relacionadas con la libertad y la justicia como valores fundamentales. Además, nos revela cómo los Derechos Humanos han sido  y siguen siendo un componente fundamental de nuestra utopía, y cuánto nos falta por avanzar hacia la reconciliación y la construcción de sociedades plenamente justas y solidarias. Nos lleva, por último, a tener una mirada crítica sobre los cambios que surgen a partir de la globalización y tecnologización de las relaciones, y a comprender el desarrollo humano como un derecho inalienable de nuestras gentes.

[1] Refiérese a las Comisiones que ayudaron a superar el conflicto de la guerra sandinista en Nicaragua en los años ’80.

[2] Movimiento Nacional del Víctimas de Crímenes de Estado (Colombia) www.movimientodevictimas.org

Psicología y espiritualidad

Aportes de la psicología a la espiritualidad

Unida a la espiritualidad, la psicología puede lograr el bienestar del ser humano, que es su objetivo primordial. La psicología ofrece las herramientas terapéuticas que pueden ayudar a un proceso de sanación y liberación de la persona.
La psicología ofrece “los insights terapéuticos y los instrumentos” que permiten a la persona alcanzar el bienestar, la salud y la realización que la espiritualidad enmarca desde los valores y el sentido que propone para la vida del sujeto.
La psicología ha logrado reconocer, en los diversos estudiosos de diversas corrientes, que la espiritualidad no está ajena al desarrollo de la persona. La psicología ofrece un marco teórico y científico en el cual es posible comprender la necesaria integración de la espiritualidad, comprendida como relación con la trascendencia, para poder lograr la plenitud del ser humano.
La psicología ha puesto en descubierto la necesaria relación entre la autonomía y la relación interpersonal, descrita en el principal mandamiento del cristianismo: amar al prójimo como a uno mismo. Sin uno de estos dos polos, se empobrece la persona y no alcanza su realización. En esta corriente están los trabajos de Kegan, quien sintetiza los estudios previos de Erickson, Piaget, Kohlberg, Gillian, entre otros.
La psicología puede, además, ofrecer un criterio crítico para reconocer hasta donde la religión, y en consecuencia algunas formas de espiritualidad, está al servicio del bienestar del ser humano. Toda religión debe, en definitiva, ayudar al hombre a humanizarse; y la psicología puede, desde criterios científicos, colaborar en el discernimiento de aquellas formas de espiritualidad que pueden ser beneficiosas o destructivas de la persona.

Aportes de la espiritualidad a la psicología

La espiritualidad aporte un marco de valores desde el cual puede comprenderse el acto de la liberación, la salvación, o la curación. Para Fernando y Swindler, las grandes religiones comprenden que “la salvación está mediada por la autoaceptación, la honestidad, la humildad, amabilidad, esperanza, autocontrol, sencillez, compartir los bienes, ayudar al prójimo, perdonar, serenidad, no violencia, y reflexión”
La espiritualidad es “la mayor estrategema de los significados, valores y energía desde los que trabaja la psicoterapia” Se ocupa, por tanto de los aspectos esenciales, del sentido y los valores de la vida. En consecuencia, la terapia “necesita orientaciones espirituales”
Los trabajos de Jüng, quien combina el psicoanálisis con el estudio de las religiones, concluyen que “las religiones del mundo son los grandes símbolos terapéuticos de la humanidad” En este sentido, podemos comprender que las religiones, como formas instituidas de vivencia de la dimensión espiritual, aportan los arquetipos necesarios para comprender los dinamismos inconscientes de la persona.
Víctor Frankl afirmará que “sólo un sentido trascendente de la vida puede ayudarnos a soportar las circunstancias de la vida” En este ámbito, la espiritualidad como apertura y relación con lo trascendente se hace necesaria para lograr alcanzar el fin de la existencia humana. “La religión nos provee de algo más de lo que psicoterapia puede darnos –pero también nos exige más-“
Para Maslow, la realización de la persona culmina con la satisfacción de las necesidades espirituales. La espiritualidad es, por tanto, el culmen de la autorrealización humana, comprendida como el alcance de los valores de trascendencia y de sentido. Este alcance requiere de la satisfacción primera de las necesidades básicas. Cuando no se logra, es muy difícil alcanzar la realización personal plena, y por lo tanto, satisfacer las necesidades de trascendencia.
La psicología, en definitiva, demanda de la espiritualidad lo que le es necesario para completarse. La espiritualidad ofrece ese ámbito más profundo e interior, donde “están contenidas las cosas de la vida”
En definitiva, la espiritualidad, en el marco de las diversas religiones, tiene validez en la medida en que permiten alcanzar el bienestar del hombre, objetivo compartido con la psicología, ofreciendo un marco de comprensión antropológico que permite el uso de las herramientas psicológicas para este fin.

Ayuda de la psicología al desarrollo o crecimiento personal

Toda psicología tiene como objetivo fundamental lograr el bienestar del hombre. Desde sus diversas teorías, la psicología ofrece una serie de herramientas que ayudan al ser humano a mejorar su calidad de vida, superar sus traumas, destrabar procesos de humanización y sacar del ser humano lo mejor de sí para una vida plena. La psicología, por tanto, ayuda al crecimiento personal en la medida en que, situada desde un horizonte antropológico y asumiendo la condición espiritual de la persona, es capaz de ofrecer las herramientas necesarias para un adecuado proceso de integración personal que libere a las personas de los diversos traumas y las resistencias que están presente en ellas, y que es fruto de las heridas del pasado y de las formas no adecuadas de adaptación a la realidad.
Desde las diversas formas de terapia y de insight la psicología puede ayudar al hombre y a la mujer a vivir desde los más profundos valores de la persona, a encauzar sus actitudes y vivencias para que sean vividas sanamente y la persona pueda alcanzar una mayor calidad de vida. En este sentido, la psicología es una herramienta fundamental para el alcance de las metas de crecimiento de toda persona.

Ayuda la psicología al desarrollo o crecimiento espiritual

La psicología puede ofrecer un marco de referencia para reconocer las oportunidades que ofrecen diversas formas de vivencia espiritual para la adecuada humanización del ser humano. En este sentido, es importante señalar que, si bien ninguna espiritualidad puede estar definida bajo los criterios que ofrece la psicología, sí puede determinar aquellos aspectos de la espiritualidad que no ayudan al desarrollo integral de la persona.
En este sentido, es importante señalar que toda espiritualidad, como dimensión humana, está al servicio del bienestar del hombre. Sin embargo, podemos reconocer que en algunas culturas y en algunos grupos, la espiritualidad vivida en algunas religiones han llevado a muchos individuos a separarse de este objetivo, convirtiéndose en la fuente de neurosis, fanatismos y hasta de actos masivos de suicidio. La psicología, desde el conocimiento profundo del ser humano, puede ayudar a discernir la “sanidad” de la forma en que la espiritualidad va tomando cuerpo en las personas, colaborando de esta manera a determinar aquellos aspectos que están al servicio o no del crecimiento espiritual.

Referencias bibliográficas:

FERNANDO, Anthony y SWINDLER, Leonard. El budismo: una introducción para cristianos y judíos. Orbis, 1985.

FRANKL, Víctor. The Unconscious God: Phsicoterapy and Theology. (Simon and Schuster, 1975), 75

Claves para vivir la espiritualidad calasancia en América Latina

Partimos de la convicción de que es posible vivir la misión y el carisma de San José de Calasanz en América Latina. De hecho, numerosos religiosos, religiosas y laicos lo hacen. Sin embargo, ¿qué es lo propio y particular que aporta el carisma a la misión de la Iglesia en el continente? ¿qué aporta la Iglesia latinoamericana a la vivencia del carisma?

En el enlace siguiente te dejamos un breve artículo sobre esta relación, presentada en el Seminario de Espiritualidad Calasanz celebrado en Bogotá, Colombia, en 2014.

AportesEspiritualidadCalasanciaEnAL

PRECAUCIONES DE TERESA PARA NO INCURRIR EN CONDENA AL COMUNICAR SU EXPERIENCIA CRISTIANA

La experiencia espiritual de Teresa ha sido una de las más determinantes de la historia moderna y contemporánea. Sus escritos forman parte de un importante legado que nos revela las formas en las que Dios va transformando el corazón del creyente, y nos orienta sobre nuestra propia experiencia.

Los escritos de Teresa se desarrollan en la época moderna, que se mueve entre el giro antropocéntrico, el desarrollo científico y el cambio de paradigmas en la relación con la realidad. En la Iglesia, la Inquisición jugó un papel fundamental en la búsqueda de la estabilidad pasada y la condenación de todos aquellos cuya doctrina pudiese alejarse de la oficial y cuya experiencia pareciese “iluminista”. Teresa no escapa de ello.

La santa es una mujer profundamente espiritual, pero en riesgo de ser condenada si sus afirmaciones no corresponden con la doctrina cristiana. Aun cuando sabe que lo vivido sólo puede venir de Dios, por sus efectos y por el tipo de relación humanizadora que constituye, sabe que debe tomar las suficientes precauciones que le permitan comunicar su experiencia cristocéntrica para poder ser verificada y verse también ella libre de engaño.

1. Un libro para el confesor

Teresa escribe por obediencia sobre el modo de oración y los dones que el Señor le ha dado; y sabe que en ello está la voluntad de Dios. En el “Libro de la Vida” expone:

“Me han mandado y dado larga licencia para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho” (Prólogo, 1)
y aún el Señor sé yo lo quiere muchos días ha, sino que yo no me he atrevido” (Prólogo, 2)

Teresa abre su experiencia a su confesor, a quien va dirigido el libro, a quien pide que pueda desaparecer aquello que pueda estar mal o fuera de doctrina. Además, suplica a su confesor que el libro pueda ser transcrito nuevamente si debe llevarse al P. Maestro Ávila para evitar que puedan reconocer su letra. Ella desea que pueda ser leído y así conocer el parecer del mencionado sacerdote, aunque sea en anonimato.

“Yo digo lo que ha pasado por mí, como me lo mandan. Y si no fuere bien, rompéralo a quien lo envío, que sabrá mejor entender lo que va mal que yo” (Cap. X, 7)
“Yo he hecho lo que vuestra merced me mandó en alargarme, a condición que vuestra merced haga lo que me prometió en romper lo que mal le pareciese… Suplico a vuestra merced lo enmiende y mande trasladar, si se ha de llevar al Padre Maestro Ávila, porque podría ser conocer alguien la letra. Yo deseo harto se dé orden en cómo lo vea, pues con ese intento lo comencé a escribir” (Epílogo, 2)

De esta manera, Teresa prevé que su libro puede contener afirmaciones que no obedecen a la doctrina de la Iglesia, sabiéndose como única autora de todo lo malo que en Él pueda haber. Ella se reconoce hija de la Iglesia, y en ella busca discernir y autenticar su experiencia espiritual. La acción que pueda realizar el padre confesor sobre sus escritos podría hablarle a ella de aquello que no es auténtico, y la sentencia del P. Maestro sería la confirmación o no de la veracidad de lo narrado. Esto le ayudaría a esclarecerse a sí misma, y avanzar en el camino de santidad. En este aspecto profundizaremos en los siguientes apartados.

2. Exigencia de confidencialidad y anonimato

Todo lo dicho por Teresa en los primeros capítulos puede comprenderse como narraciones autobiográficas, donde expone algunos acontecimientos importantes de su vida y su proceso de conversión. Teresa pide que sea publicado lo descrito en los primeros nueve capítulos. Sin embargo, a partir del décimo, en el cual comienza a hablar de su experiencia de oración y las mercedes que el Señor ha hecho en ella, es muy enfática al exigir a su confesor una absoluta confidencialidad. Esta confidencialidad es demandada ante el riesgo de que lo vivido esté más centrado en sus propias imperfecciones que en Dios. Teresa reconoce que en lo narrado puede haber algo que sea más fruto de sus afectos.

“Ya puede ser que yo, como soy tan ruin, juzgo por mí, que otros habrá que no hayan menester más de la verdad de la fe para hacer obras muy perfectas, que yo, como miserable, todo lo he habido menester” (Cap. X,6)

Aunque exige esta condición a su confesor, quien le manda a escribir, sabe que sus letras podrían ser conocidas por otros, por lo que pide, en este caso, el anonimato. Su deseo es que pueda llegar a conocerse lo que en sus escritos hay de Dios, y no de ella, suponiéndolo a Él como el único autor de todo lo bueno que pueda encontrarse. Teresa, como mujer de pocas letras, sabe que otros podrán decir cosas mejores sobre la oración; aun cuando también reconoce que Dios puede inspirar a los “poco letrados”, y darles las letras necesarias que puedan ayudar a plasmar su experiencia y ayudar así a otros.
En razón de lo anterior, podemos ver que Teresa escribe como parte de una exigencia apostólica: ayudar a otros en su camino de oración. Sin embargo, sabe que por su vida “ruin e imperfecta” mucho puede haber de ella y no de Dios en lo escrito. Para ello, la lectura de su confesor, la confidencialidad del texto y el anonimato en caso de que sea conocido por otros serán garantía para evitar una posible condenación y la utilidad de lo escrito para el provecho de las almas.

“Para lo que aquí en adelante dijere, no se la doy (la licencia para publicar) . Ni quiero, si a alguien lo mostrasen, digan quién es por quien pasó ni quién lo escribió; que por esto no me nombro ni a nadie… Bastan personas tan letradas y graves para autorizar alguna cosa buena, si el Señor me diere gracia para decirla, que si lo fuere, será suya y no mía”
“Ningún provecho tiene decir mi nombre: en vida está claro que no se ha de decir lo bueno; en muerte no hay para qué, sino para que pierda la autoridad el bien, y no la dar ningún crédito, por ser dicho de persona tan baja y tan ruin” (Cap. X, 7)

Esta exigencia abrirá la posibilidad de que pueda escribir todo el tratado de oración con libertad, y no con escrúpulo.

3. Confirmación por la autoridad eclesiástica de las verdades de fe

Teresa comprende que, al entregar el texto a su confesor, no está inconcluso. Para que pueda cumplir su cometido, el libro requiere de la intervención de su confesor, quien podrá garantizar la congruencia entre lo expresado en el tratado de oración y las verdades de fe.

“Lo que fuere más de decir simplemente el discurso de mi vida, tome vuestra merced para sí…, si fuere conforme a las verdades de nuestra santa fe católica; y si no, vuestra merced lo queme luego, que yo a esto me sujeto” (Cap. X,8)

Para la autora, es necesaria la intervención del confesor, quien podrá desengañarla en el caso de que haya podido desviarse de las verdades de fe. Por lo tanto, su experiencia podrá reconocerla como auténticamente cristiana sólo después de que su confesor haya podido eliminar lo que de malo haya, o incluso todo el escrito si fuera necesario.
Todo esto nos habla de una mujer creyente, que aun cuando vive una plena relación de amistad con Jesús, le resulta necesario que lo vivido y plasmado pueda ser discernido en la Iglesia, de la que se sabe hija.

De esta manera, Teresa autentica su experiencia espiritual, y la aleja de todo aquello que a ella pertenece y no a Dios.

PROBLEMAS DE SAN IGNACIO POR PROPONERSE AYUDAR A LAS ALMAS Y SU EMPEÑO EN SUPERARLOS

El proceso de conversión de San Ignacio de Loyola dará a la luz a un hombre “peregrino”, cuya meta será una vida configurada en Cristo y en constante discernimiento espiritual. La nueva vida que se inicia después de su convalecencia por los efectos de las heridas de la guerra, hará nacer un hombre apasionado por Dios y por el Evangelio.
Este deseo, y su puesta en práctica, le ocasionarán diversos problemas que nacerán por su deseo de ayudar, desde su experiencia de Dios y de la Palabra. La experiencia fundante en el Dios Trinitario le hará tomar decisiones y a abrirse a campos por él insospechados hasta el momento. La aproximación a la “Autobiografía de San Ignacio”, relatada entre los años 1553-1555 a Goncalves da Cámara, nos ayudará a reconocer estas situaciones.

1. Conflictos con sus hermanos:

La conversión de Ignacio, y su deseo de seguir a Cristo y ayudar a quienes más lo necesitan, le llevará a vivir diversas situaciones conflictivas en el seno de su familia. Sus hermanos, testigos del proceso de transformación que va viviendo, tienen dificultades para reconocer el nuevo género de vida que ha nacido en el corazón de Ignacio. Nos habla al querer partir de casa, después de su convalecencia, y dispuesto a ir a Jerusalén:

“Hallándose ya con algunas fuerzas, le pareció que era tiempo de partirse, y dijo a su hermano: «señor, el duque de Nájera, como sabéis, ya sabe que estoy bueno. Será bueno que vaya a Navarrete» (estaba entonces allí el duque). El hermano le llevó a una cámera y después a otra, y con muchas admiraciones le empieza a rogar que no se eche a perder; y que mire quánta esperanza tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de apartarle del buen deseo que tenía. Mas la respuesta fue de manera que, sin apartarse de la verdad, porque dello tenía ya grande escrúpulo, se descabulló del hermano. Sospechaba el hermano y algunos de casa que él quería hacer alguna gran mutación.” (Cap. I,12)

En el camino de vuelta a su tierra, su hermano envía unos hombres a su servicio para persuadir a Ignacio de que deje el camino que ya había iniciado. Según esto, podemos ver que para ellos fue una auténtica tensión el camino emprendido por el santo:

“Y llegando a la Provincia dejó el camino común y tomó el del monte, que era más solitario; por el cual caminando un poco, encontró dos hombres armados que venían a su encuentro (y tiene aquel camino alguna mala fama por los asesinos), los cuales, después de haberle adelantado un poco, volvieron atrás, siguiéndole con mucha prisa, y tuvo un poco de miedo. Con todo, habló con ellos, y supo que eran criados de su hermano, el cual los mandaba para buscarle. Porque, según parece, de Bayona de Francia, donde el peregrino fue reconocido, había tenido noticia de su venida; y así ellos anduvieron delante, y el siguió por el mismo camino. Y un poco antes de llegar a la tierra, encontró a los susodichos que le salían al encuentro, los cuales le hicieron muchas instancias para conducirlo a casa del hermano, pero no le pudieron forzar.” (Cap. 9, 87)

En el hospital donde se residenció, comienza a enseñar la doctrina cristiana, a lo que su hermano se opone, aun cuando él también terminará escuchándolo:
“Tan pronto como llegó, determinó enseñar la doctrina cristiana cada día a los niños; pero su hermano se opuso mucho a ello, asegurando que nadie acudiría. El respondió que le bastaría con uno. Pero después que comenzó a hacerlo, iban continuamente muchos a oírle, y aun su mismo hermano.” (Cap. 9,88)

Estas citas nos hablan de la dificultad que tenían sus hermanos para comprender la naturaleza de su nuevo género de vida. Sus hermanos están en desacuerdo con la pobreza y mendicidad que irá mostrando en este camino de conversión.

Otro ejemplo podremos encontrarlo cuando, en uno de sus viajes, lo quieren persuadir a tomar caballo a pesar de haber decidido ir a pie. Él acepta, pero no duda en dejar el caballo después de salir de casa y continuar su ruta en la forma en la que lo había decidido previamente (Cap. 9,89).

“…por la tarde el peregrino quiso condescender en esto de ir hasta el fin de la Provincia a caballo con su hermano y con sus parientes. Pero, cuando hubo salido de la Provincia, dejó el caballo, sin tomar nada, y se fue en dirección de Pamplona, y de allí a Amazán, pueblo del P. Laínez, y después a Sigüenza y Toledo, y de Toledo a Valencia.” (Cap. IX, 89-90)

San Ignacio es un hombre cuyas opciones y decisiones a partir de su experiencia espiritual lo ponen en conflicto y tensan las relaciones con sus hermanos. Su deseo de vivir auténticamente su vocación peregrina será, definitivamente, incomprendida por los suyos.

2. Dificultad para encontrar un lugar donde vivir este nuevo género de vida:

Desde el inicio de su conversión, una idea surge en su interior: peregrinar a Jerusalén. El camino austero hacia la ciudad santa representaba, para él, la forma de imitar las virtudes de los santos que había conocido durante su recuperación:

“Mas todo lo que deseaba de hacer, luego como sanase, era la ida de Hierusalem, como arriba es dicho, con tantas disciplinas y tantas abstinencias, cuantas un ánimo generoso, encendido de Dios, suele desear hacer.” (Cap. 1, 9)

A este fin dedicó gran tiempo y ganas. Toda su vida se centró en una peregrinación que haría con la mayor austeridad y en manos de la Providencia. Al llegar a Jerusalén, guardaba la idea de permanecer en ella, y de ayudar a las ánimas. Sin embargo, mantiene oculta esta segunda intención. Su idea de quedarse en Jerusalén se viene abajo cuando el Guardián le indica que no puede permanecer en el convento de la ciudad, y el Provincial le afirma que tampoco puede vivir en la ciudad debido a la compleja situación que allí se vivía ante la Toma de Rodas. La dificultad de permanecer en Jerusalén después de la decisión de las autoridades eclesiásticas, le llevan a comprender que Dios no desea que permanezca allí.

“Su firme propósito era quedarse en Hierusalem, visitando siempre aquellos lugares santos; y tambíen tenía propósito, ultra desta devoción, de ayudar las ánimas; y para este efecto traía cartas de encomienda para el guardián, las cuales le dió y le dijo su intención de quedar allí por su devoción; mas no la segunda parte, de querer aprovechar las ánimas, porque esto a ninguno lo decía, y la primera había muchas veces publicado. El guardián le respondió que no veía cómo su quedada pudiese ser, porque la casa estaba en tanta necesidad, que no podía mantener los frailes, y por esa causa estaba determinado de mandar con los pelegrinos algunos a estas partes” (Cap. IV, 45)

Descubre la necesidad de iniciar estudios que le permitan a ayudar a las ánimas, y por ello decide irse de allí. Estudia y se dirige a Alcalá, donde continúa su profundización intelectual. En esta ciudad iniciará la práctica de los Ejercicios Espirituales, acompañando a un número significativo de personas en su vida espiritual y en sus dificultades. Su apostolado en Alcalá se verá afectado cuando le prohíben continuar ayudando a las ánimas, por lo que se ve obligado a cambiar de jurisdicción.
La itinerancia moverá a Ignacio por diversas tierras. Desde la primera idea de vivir en la Cartuja (Cap. I,12) hasta su paso por Jerusalén, Barcelona y Alcalá la vida del santo será un constante discernimiento de la voluntad de Dios y del lugar y la manera de vivirla. En Alcalá se verá en manos de la Inquisición, que sospecha de todo el movimiento que ha originado en la ciudad.
Aun cuando no es acusado de herejía, la prohibición de la prédica a las almas por no haber estudiado, le causa un sinsabor. Comprende que ya no es en Alcalá donde debe continuar llevando su labor apostólica, por lo que, bajo la aprobación del Arzobispo de Toledo, se marcha a Salamanca.

“Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado. Y en fin él se determinó de ir al arzobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa en sus manos. Partióse de Alcalá, y halló el arzobispo en Valladolid; y contándole la cosa que pasaba fielmente, le dijo que, aunque no estaba ya en su jurisdicción, ni era obligado a guardar la sentencia, todavía haría en ello lo que ordenase (hablándole de vos, como solía a todos). El arzobispo le recibió muy bien, y [entendiendo que deseaba pasar a Salamanca, dijo] que también en Salamanca tenía amigos y un colegio, todo le ofreciendo; y le mandó luego, en se saliendo cuatro escudos.” (Cap. VI, 63)

En Salamanca estará apresado durante su estancia con los PP. Dominicos, y al final del proceso le permiten enseñar siempre y cuando no distinga doctrina sobre pecado mortal y venial. Ante la dificultad que le colocan en la predicación, decide estudiar. Algo semejante ocurrirá en París…
La itinerancia de Ignacio, por tanto, será consecuencia de su deseo de vivir apegado a la doctrina de la Iglesia, y de vivir en libertad su deseo de ayudar a quienes más lo necesitan. Por esta última razón, su vida será una constante búsqueda de aquel lugar donde pueda vivir, en apego al Evangelio, su propia vocación.

3. Conflicto entre las sentencias y el deseo de ayudar a las ánimas

La profunda vocación de Ignacio de ayudar a los demás se encontrará muchas veces obstaculizada por las características particulares de las sentencias que realizan los tribunales eclesiásticos ante el fenómeno que representa prédica y su apostolado. El mismo santo exigirá a los responsables eclesiásticos la suficiente claridad para poder descubrir si en él existen vicios de herejía o de alejamiento de la doctrina.
La primera sentencia que se emite sobre San Ignacio está relacionada con su práctica apostólica en Alcalá, mientras cursaba estudios y se iniciaba en los Ejercicios Espirituales.

“había grande rumor por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá, y quién decía de una manera, y quién de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el pelegrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos. Y ansí empezaron luego hacer pesquisa y proceso de su vida, y al fin se volvieron a Toledo sin llamarles, habiendo venido por aquel solo efecto; y dejaron el proceso al vicario Figueroa, que agora está con el emperador” (Cap. VI, 58)

En esta sentencia se reconoce el apego a la doctrina de la predicación y la práctica del santo; sin embargo, se le prohíbe la prédica hasta culminar sus estudios:

“fue el notario a la cárcel a leerle la sentencia, que fuese libre, y que se vistiesen como los otros estudiantes, y que no hablasen de cosas de la fee dentro de 4 años que hoviesen más estudiado, pues que no sabían letras. Porque, a la verdad, el peregrino era el que sabía más, y ellas eran con poco fundamento: y esta era la primera cosa que él solía decir cuando le examinaban.
Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado.” (Cap. VI, 62-63)

Aquí surge un problema crucial en la vida de Ignacio: el apego a la sentencia, aunque implique la coacción de la libertad cristiana que nace del Bautismo, o el desarrollo de su vocación desde su profunda experiencia espiritual y apostólica. Los argumentos no le parecen coherentes con la base de la sentencia, pues se reconocía que toda su prédica y todo su apostolado estaban apegados a la doctrina cristiana, aun cuando careciese de estudios para ello. ¿Era lícito prohibir a un cristiano, aunque fuese temporalmente, ayudar a las ánimas, aun cuando todo lo que desarrolla está inspirado por el Evangelio, sólo porque carece de los estudios que deberían facultarlo para ello? ¿No podría reconocerse que, debido a la ausencia de letras, lo que nacía de él sólo podía ser leído como una profunda experiencia que nacía del Espíritu, y que en consecuencia no estaba en contra de la fe?
Al reconocer la Iglesia la autenticidad de la experiencia, pero prohibirle la prédica hasta culminar sus estudios, empujan a Ignacio y a algunos de sus compañeros a trasladarse a Salamanca, como lo asomábamos en el apartado anterior. En Salamanca, bajo la custodia de los PP. Dominicos, será apresado durante un tiempo para poder ser juzgado.
Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel. Y no los pusieron con los malhechores en bajo, mas en un aposento alto, adonde, por ser cosa vieja y deshabitada, había mucha suciedad.” (Cap. VII, 67)

De manera excepcional, después de una larga examinación en materia doctrinal, se decide que el santo puede continuar con su apostolado, aun cuando no defina qué es pecado venial y pecado mortal, ya que para ello exigían hubiese culminado sus estudios:

“Y a los 22 días que estaban presos les llamaron a oír la sentencia, la cual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4 años, que huviesen más estudiado.” (Cap.VII, 70)

Aun en desacuerdo con la sentencia, Ignacio comprende que debe estudiar. A pesar de que su apostolado está dentro de la doctrina eclesiástica, y de los complejos y exhaustivos juicios a los que es sometido, Ignacio comprende que sin libertad es imposible ayudar a quienes lo necesitan. No puede limitarse la acción del Espíritu, no puede cortarse las alas a quienes viven con autenticidad el Evangelio. Todo cristiano, en coherencia con su vocación bautismal, está llamado a ser testigo de Cristo, sin mayor limitación que el Evangelio y la doctrina de la Iglesia que de él emana.
Si su práctica de ayuda estaba en el marco evangélico y eclesial, ¿por qué ambos tribunales insisten en limitar la acción del Espíritu que en él se manifiesta? Vemos, en esta situación, dos modelos de Iglesia que entran en conflicto: la que supone a la jerarquía como única fuente de la acción espiritual enmarcada en la doctrina y la teología, y la que supone al cristiano como auténtico testigo del Evangelio, llamado a dar luz y enmarcado en el Evangelio, desde el cual debe interpretarse toda doctrina.

4. ¿Letras o Espíritu?

En continuidad con lo anterior, podemos ver que uno de los problemas que afronta Ignacio y algunos de sus compañeros es la disputa entre la experiencia espiritual y la necesidad de las letras para llevar adelante su apostolado. En una breve frase, el sacerdote dominico resume esta situación:

«Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o por el Espíritu santo. No por letras; ergo por Espíritu santo» (Cap. VII, 65)

Las sentencias emitidas reconocen la autenticidad de la experiencia espiritual del santo, pero también limitan la libertad al condicionar dicha experiencia a los estudios, como ya lo asomábamos.
El planteamiento es controversial, si comprendemos que estamos en el momento en el que están surgiendo los “iluminados”, quienes apartándose de la Iglesia se reconocen como auténticos hombres y mujeres inspirados en el Espíritu “directamente”, sin mediaciones. Muchos de estos iluminados fueron sentenciados a muerte por la Inquisición.
El dilema que se presenta en Ignacio es controversial y actual. El énfasis en las letras desconoce la auténtica misión de todo cristiano, quien a la luz del Espíritu de Jesús está impulsado a dar testimonio de la fe. Por lo tanto, todo está dicho, nada debe ser discernido. Según esta tendencia, el apego a las “letras” sería suficiente para vivir con plenitud el cristianismo.
Sin embargo, hoy podemos reconocer que el Espíritu inspira a muchos cristianos a ser testigos del Evangelio, aun cuando “carezcan” de letras. Y no sólo eso: en algunos casos, el mismo Espíritu “inspira” las letras que pueden expresar una auténtica experiencia espiritual, como lo veremos a continuación en Santa Teresa de Ávila.
Desde este planteamiento, nos encontramos ante dos paradigmas: el paradigma cristonómico, que centra la vida cristiana en la jerarquía, que se inspira en Cristo pero deja sin ningún papel al Espíritu de Dios. No hay inspiración, sólo verdad o falsedad, autenticidad o herejía. Nada, por tanto, está llamado a ser discernido.
Sin embargo, un modelo más centrado en la experiencia del Dios trinitario permite descubrir el deseo de Dios de comunicarse a cada persona, a través de su Espíritu, para poder cumplir su voluntad. En este ámbito la Iglesia es el espacio fundamental donde se da el discernimiento, y asume esta tarea como un elemento central de la vida del creyente. La existencia se juega, así, en un constante discernimiento de la voluntad de Dios en la vida del creyente, quien comprende el Evangelio leído e interpretado en la Iglesia, a la cual pertenece, como fuente y norma.
Desde acá, es posible comprender la novedad que implica el apostolado de Ignacio y las consecuencias que trajo para la vida de la Iglesia. Nos ayuda a comprender la complejidad de las sentencias, en una Iglesia jerárquica que se debatía entre cierto fundamentalismo y un proceso de Reforma que surgía desde las bases.

Pastores

Estamos llamados a ser pastores de todas las ovejas que conforman el rebaño. Algunas viven inmersas en el grupo, sin ver el horizonte. Otras van delante, tentadas a dejar el grupo y lanzarse a la aventura. Otras se dejan llevar, y hay incluso las que se preguntan si no hay otro camino. Algunas se sienten solas, aún en medio del rebaño, porque los sentimientos, normalmente, se alejan por kilómetros de la verdad.

Como pastores, debemos reconocer que somos parte del rebaño. Algunas ovejas nos inspiran, otras nos fatigan. Entre ellas están las que nos cautivan y nos hacen olvidar por un momento el conjunto. Incluso algunas nos despiertan lo más escondido de nuestros deseos y aspiraciones.

Los pastores necesitamos, a la vez, ser conducidos. También somos ovejas, aunque lo olvidemos frecuentemente, porque algunas veces aprendemos a ser pastores antes que rebaño. ¡Triste historia la de esta oveja perdida, que se creyó antes jefe que grupo!

Pidamos al Señor que nos haga pastores,”con olor a ovejas”, con conciencia de ser tales, con la alegría de sabernos conducidos por el único Pastor.