PROBLEMAS DE SAN IGNACIO POR PROPONERSE AYUDAR A LAS ALMAS Y SU EMPEÑO EN SUPERARLOS

El proceso de conversión de San Ignacio de Loyola dará a la luz a un hombre “peregrino”, cuya meta será una vida configurada en Cristo y en constante discernimiento espiritual. La nueva vida que se inicia después de su convalecencia por los efectos de las heridas de la guerra, hará nacer un hombre apasionado por Dios y por el Evangelio.
Este deseo, y su puesta en práctica, le ocasionarán diversos problemas que nacerán por su deseo de ayudar, desde su experiencia de Dios y de la Palabra. La experiencia fundante en el Dios Trinitario le hará tomar decisiones y a abrirse a campos por él insospechados hasta el momento. La aproximación a la “Autobiografía de San Ignacio”, relatada entre los años 1553-1555 a Goncalves da Cámara, nos ayudará a reconocer estas situaciones.

1. Conflictos con sus hermanos:

La conversión de Ignacio, y su deseo de seguir a Cristo y ayudar a quienes más lo necesitan, le llevará a vivir diversas situaciones conflictivas en el seno de su familia. Sus hermanos, testigos del proceso de transformación que va viviendo, tienen dificultades para reconocer el nuevo género de vida que ha nacido en el corazón de Ignacio. Nos habla al querer partir de casa, después de su convalecencia, y dispuesto a ir a Jerusalén:

“Hallándose ya con algunas fuerzas, le pareció que era tiempo de partirse, y dijo a su hermano: «señor, el duque de Nájera, como sabéis, ya sabe que estoy bueno. Será bueno que vaya a Navarrete» (estaba entonces allí el duque). El hermano le llevó a una cámera y después a otra, y con muchas admiraciones le empieza a rogar que no se eche a perder; y que mire quánta esperanza tiene dél la gente, y quánto puede valer, y otras palabras semejantes, todas a intento de apartarle del buen deseo que tenía. Mas la respuesta fue de manera que, sin apartarse de la verdad, porque dello tenía ya grande escrúpulo, se descabulló del hermano. Sospechaba el hermano y algunos de casa que él quería hacer alguna gran mutación.” (Cap. I,12)

En el camino de vuelta a su tierra, su hermano envía unos hombres a su servicio para persuadir a Ignacio de que deje el camino que ya había iniciado. Según esto, podemos ver que para ellos fue una auténtica tensión el camino emprendido por el santo:

“Y llegando a la Provincia dejó el camino común y tomó el del monte, que era más solitario; por el cual caminando un poco, encontró dos hombres armados que venían a su encuentro (y tiene aquel camino alguna mala fama por los asesinos), los cuales, después de haberle adelantado un poco, volvieron atrás, siguiéndole con mucha prisa, y tuvo un poco de miedo. Con todo, habló con ellos, y supo que eran criados de su hermano, el cual los mandaba para buscarle. Porque, según parece, de Bayona de Francia, donde el peregrino fue reconocido, había tenido noticia de su venida; y así ellos anduvieron delante, y el siguió por el mismo camino. Y un poco antes de llegar a la tierra, encontró a los susodichos que le salían al encuentro, los cuales le hicieron muchas instancias para conducirlo a casa del hermano, pero no le pudieron forzar.” (Cap. 9, 87)

En el hospital donde se residenció, comienza a enseñar la doctrina cristiana, a lo que su hermano se opone, aun cuando él también terminará escuchándolo:
“Tan pronto como llegó, determinó enseñar la doctrina cristiana cada día a los niños; pero su hermano se opuso mucho a ello, asegurando que nadie acudiría. El respondió que le bastaría con uno. Pero después que comenzó a hacerlo, iban continuamente muchos a oírle, y aun su mismo hermano.” (Cap. 9,88)

Estas citas nos hablan de la dificultad que tenían sus hermanos para comprender la naturaleza de su nuevo género de vida. Sus hermanos están en desacuerdo con la pobreza y mendicidad que irá mostrando en este camino de conversión.

Otro ejemplo podremos encontrarlo cuando, en uno de sus viajes, lo quieren persuadir a tomar caballo a pesar de haber decidido ir a pie. Él acepta, pero no duda en dejar el caballo después de salir de casa y continuar su ruta en la forma en la que lo había decidido previamente (Cap. 9,89).

“…por la tarde el peregrino quiso condescender en esto de ir hasta el fin de la Provincia a caballo con su hermano y con sus parientes. Pero, cuando hubo salido de la Provincia, dejó el caballo, sin tomar nada, y se fue en dirección de Pamplona, y de allí a Amazán, pueblo del P. Laínez, y después a Sigüenza y Toledo, y de Toledo a Valencia.” (Cap. IX, 89-90)

San Ignacio es un hombre cuyas opciones y decisiones a partir de su experiencia espiritual lo ponen en conflicto y tensan las relaciones con sus hermanos. Su deseo de vivir auténticamente su vocación peregrina será, definitivamente, incomprendida por los suyos.

2. Dificultad para encontrar un lugar donde vivir este nuevo género de vida:

Desde el inicio de su conversión, una idea surge en su interior: peregrinar a Jerusalén. El camino austero hacia la ciudad santa representaba, para él, la forma de imitar las virtudes de los santos que había conocido durante su recuperación:

“Mas todo lo que deseaba de hacer, luego como sanase, era la ida de Hierusalem, como arriba es dicho, con tantas disciplinas y tantas abstinencias, cuantas un ánimo generoso, encendido de Dios, suele desear hacer.” (Cap. 1, 9)

A este fin dedicó gran tiempo y ganas. Toda su vida se centró en una peregrinación que haría con la mayor austeridad y en manos de la Providencia. Al llegar a Jerusalén, guardaba la idea de permanecer en ella, y de ayudar a las ánimas. Sin embargo, mantiene oculta esta segunda intención. Su idea de quedarse en Jerusalén se viene abajo cuando el Guardián le indica que no puede permanecer en el convento de la ciudad, y el Provincial le afirma que tampoco puede vivir en la ciudad debido a la compleja situación que allí se vivía ante la Toma de Rodas. La dificultad de permanecer en Jerusalén después de la decisión de las autoridades eclesiásticas, le llevan a comprender que Dios no desea que permanezca allí.

“Su firme propósito era quedarse en Hierusalem, visitando siempre aquellos lugares santos; y tambíen tenía propósito, ultra desta devoción, de ayudar las ánimas; y para este efecto traía cartas de encomienda para el guardián, las cuales le dió y le dijo su intención de quedar allí por su devoción; mas no la segunda parte, de querer aprovechar las ánimas, porque esto a ninguno lo decía, y la primera había muchas veces publicado. El guardián le respondió que no veía cómo su quedada pudiese ser, porque la casa estaba en tanta necesidad, que no podía mantener los frailes, y por esa causa estaba determinado de mandar con los pelegrinos algunos a estas partes” (Cap. IV, 45)

Descubre la necesidad de iniciar estudios que le permitan a ayudar a las ánimas, y por ello decide irse de allí. Estudia y se dirige a Alcalá, donde continúa su profundización intelectual. En esta ciudad iniciará la práctica de los Ejercicios Espirituales, acompañando a un número significativo de personas en su vida espiritual y en sus dificultades. Su apostolado en Alcalá se verá afectado cuando le prohíben continuar ayudando a las ánimas, por lo que se ve obligado a cambiar de jurisdicción.
La itinerancia moverá a Ignacio por diversas tierras. Desde la primera idea de vivir en la Cartuja (Cap. I,12) hasta su paso por Jerusalén, Barcelona y Alcalá la vida del santo será un constante discernimiento de la voluntad de Dios y del lugar y la manera de vivirla. En Alcalá se verá en manos de la Inquisición, que sospecha de todo el movimiento que ha originado en la ciudad.
Aun cuando no es acusado de herejía, la prohibición de la prédica a las almas por no haber estudiado, le causa un sinsabor. Comprende que ya no es en Alcalá donde debe continuar llevando su labor apostólica, por lo que, bajo la aprobación del Arzobispo de Toledo, se marcha a Salamanca.

“Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado. Y en fin él se determinó de ir al arzobispo de Toledo, Fonseca, y poner la cosa en sus manos. Partióse de Alcalá, y halló el arzobispo en Valladolid; y contándole la cosa que pasaba fielmente, le dijo que, aunque no estaba ya en su jurisdicción, ni era obligado a guardar la sentencia, todavía haría en ello lo que ordenase (hablándole de vos, como solía a todos). El arzobispo le recibió muy bien, y [entendiendo que deseaba pasar a Salamanca, dijo] que también en Salamanca tenía amigos y un colegio, todo le ofreciendo; y le mandó luego, en se saliendo cuatro escudos.” (Cap. VI, 63)

En Salamanca estará apresado durante su estancia con los PP. Dominicos, y al final del proceso le permiten enseñar siempre y cuando no distinga doctrina sobre pecado mortal y venial. Ante la dificultad que le colocan en la predicación, decide estudiar. Algo semejante ocurrirá en París…
La itinerancia de Ignacio, por tanto, será consecuencia de su deseo de vivir apegado a la doctrina de la Iglesia, y de vivir en libertad su deseo de ayudar a quienes más lo necesitan. Por esta última razón, su vida será una constante búsqueda de aquel lugar donde pueda vivir, en apego al Evangelio, su propia vocación.

3. Conflicto entre las sentencias y el deseo de ayudar a las ánimas

La profunda vocación de Ignacio de ayudar a los demás se encontrará muchas veces obstaculizada por las características particulares de las sentencias que realizan los tribunales eclesiásticos ante el fenómeno que representa prédica y su apostolado. El mismo santo exigirá a los responsables eclesiásticos la suficiente claridad para poder descubrir si en él existen vicios de herejía o de alejamiento de la doctrina.
La primera sentencia que se emite sobre San Ignacio está relacionada con su práctica apostólica en Alcalá, mientras cursaba estudios y se iniciaba en los Ejercicios Espirituales.

“había grande rumor por toda aquella tierra de las cosas que se hacían en Alcalá, y quién decía de una manera, y quién de otra. Y llegó la cosa hasta Toledo a los inquisidores; los cuales venidos Alcalá, fue avisado el pelegrino por el huésped dellos, diciéndole que les llamaban los ensayalados, y creo que alumbrados; y que habían de hacer carnicería en ellos. Y ansí empezaron luego hacer pesquisa y proceso de su vida, y al fin se volvieron a Toledo sin llamarles, habiendo venido por aquel solo efecto; y dejaron el proceso al vicario Figueroa, que agora está con el emperador” (Cap. VI, 58)

En esta sentencia se reconoce el apego a la doctrina de la predicación y la práctica del santo; sin embargo, se le prohíbe la prédica hasta culminar sus estudios:

“fue el notario a la cárcel a leerle la sentencia, que fuese libre, y que se vistiesen como los otros estudiantes, y que no hablasen de cosas de la fee dentro de 4 años que hoviesen más estudiado, pues que no sabían letras. Porque, a la verdad, el peregrino era el que sabía más, y ellas eran con poco fundamento: y esta era la primera cosa que él solía decir cuando le examinaban.
Con esta sentencia estuvo un poco dubdoso lo que haría, porque parece que le tapaban la puerta para aprovechar a las ánimas, no le dando causa ninguna, sino porque no había estudiado.” (Cap. VI, 62-63)

Aquí surge un problema crucial en la vida de Ignacio: el apego a la sentencia, aunque implique la coacción de la libertad cristiana que nace del Bautismo, o el desarrollo de su vocación desde su profunda experiencia espiritual y apostólica. Los argumentos no le parecen coherentes con la base de la sentencia, pues se reconocía que toda su prédica y todo su apostolado estaban apegados a la doctrina cristiana, aun cuando careciese de estudios para ello. ¿Era lícito prohibir a un cristiano, aunque fuese temporalmente, ayudar a las ánimas, aun cuando todo lo que desarrolla está inspirado por el Evangelio, sólo porque carece de los estudios que deberían facultarlo para ello? ¿No podría reconocerse que, debido a la ausencia de letras, lo que nacía de él sólo podía ser leído como una profunda experiencia que nacía del Espíritu, y que en consecuencia no estaba en contra de la fe?
Al reconocer la Iglesia la autenticidad de la experiencia, pero prohibirle la prédica hasta culminar sus estudios, empujan a Ignacio y a algunos de sus compañeros a trasladarse a Salamanca, como lo asomábamos en el apartado anterior. En Salamanca, bajo la custodia de los PP. Dominicos, será apresado durante un tiempo para poder ser juzgado.
Al cabo de los 3 días vino un notario y llevóles a la cárcel. Y no los pusieron con los malhechores en bajo, mas en un aposento alto, adonde, por ser cosa vieja y deshabitada, había mucha suciedad.” (Cap. VII, 67)

De manera excepcional, después de una larga examinación en materia doctrinal, se decide que el santo puede continuar con su apostolado, aun cuando no defina qué es pecado venial y pecado mortal, ya que para ello exigían hubiese culminado sus estudios:

“Y a los 22 días que estaban presos les llamaron a oír la sentencia, la cual era que no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina; y que así podrían hacer como antes hacían, enseñando la doctrina y hablando de cosas de Dios, con tanto que nunca difiniesen: esto es pecado mortal, o esto es pecado venial, si no fuese pasados 4 años, que huviesen más estudiado.” (Cap.VII, 70)

Aun en desacuerdo con la sentencia, Ignacio comprende que debe estudiar. A pesar de que su apostolado está dentro de la doctrina eclesiástica, y de los complejos y exhaustivos juicios a los que es sometido, Ignacio comprende que sin libertad es imposible ayudar a quienes lo necesitan. No puede limitarse la acción del Espíritu, no puede cortarse las alas a quienes viven con autenticidad el Evangelio. Todo cristiano, en coherencia con su vocación bautismal, está llamado a ser testigo de Cristo, sin mayor limitación que el Evangelio y la doctrina de la Iglesia que de él emana.
Si su práctica de ayuda estaba en el marco evangélico y eclesial, ¿por qué ambos tribunales insisten en limitar la acción del Espíritu que en él se manifiesta? Vemos, en esta situación, dos modelos de Iglesia que entran en conflicto: la que supone a la jerarquía como única fuente de la acción espiritual enmarcada en la doctrina y la teología, y la que supone al cristiano como auténtico testigo del Evangelio, llamado a dar luz y enmarcado en el Evangelio, desde el cual debe interpretarse toda doctrina.

4. ¿Letras o Espíritu?

En continuidad con lo anterior, podemos ver que uno de los problemas que afronta Ignacio y algunos de sus compañeros es la disputa entre la experiencia espiritual y la necesidad de las letras para llevar adelante su apostolado. En una breve frase, el sacerdote dominico resume esta situación:

«Vosotros no sois letrados, dice el fraile, y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o por el Espíritu santo. No por letras; ergo por Espíritu santo» (Cap. VII, 65)

Las sentencias emitidas reconocen la autenticidad de la experiencia espiritual del santo, pero también limitan la libertad al condicionar dicha experiencia a los estudios, como ya lo asomábamos.
El planteamiento es controversial, si comprendemos que estamos en el momento en el que están surgiendo los “iluminados”, quienes apartándose de la Iglesia se reconocen como auténticos hombres y mujeres inspirados en el Espíritu “directamente”, sin mediaciones. Muchos de estos iluminados fueron sentenciados a muerte por la Inquisición.
El dilema que se presenta en Ignacio es controversial y actual. El énfasis en las letras desconoce la auténtica misión de todo cristiano, quien a la luz del Espíritu de Jesús está impulsado a dar testimonio de la fe. Por lo tanto, todo está dicho, nada debe ser discernido. Según esta tendencia, el apego a las “letras” sería suficiente para vivir con plenitud el cristianismo.
Sin embargo, hoy podemos reconocer que el Espíritu inspira a muchos cristianos a ser testigos del Evangelio, aun cuando “carezcan” de letras. Y no sólo eso: en algunos casos, el mismo Espíritu “inspira” las letras que pueden expresar una auténtica experiencia espiritual, como lo veremos a continuación en Santa Teresa de Ávila.
Desde este planteamiento, nos encontramos ante dos paradigmas: el paradigma cristonómico, que centra la vida cristiana en la jerarquía, que se inspira en Cristo pero deja sin ningún papel al Espíritu de Dios. No hay inspiración, sólo verdad o falsedad, autenticidad o herejía. Nada, por tanto, está llamado a ser discernido.
Sin embargo, un modelo más centrado en la experiencia del Dios trinitario permite descubrir el deseo de Dios de comunicarse a cada persona, a través de su Espíritu, para poder cumplir su voluntad. En este ámbito la Iglesia es el espacio fundamental donde se da el discernimiento, y asume esta tarea como un elemento central de la vida del creyente. La existencia se juega, así, en un constante discernimiento de la voluntad de Dios en la vida del creyente, quien comprende el Evangelio leído e interpretado en la Iglesia, a la cual pertenece, como fuente y norma.
Desde acá, es posible comprender la novedad que implica el apostolado de Ignacio y las consecuencias que trajo para la vida de la Iglesia. Nos ayuda a comprender la complejidad de las sentencias, en una Iglesia jerárquica que se debatía entre cierto fundamentalismo y un proceso de Reforma que surgía desde las bases.

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Pastores

Estamos llamados a ser pastores de todas las ovejas que conforman el rebaño. Algunas viven inmersas en el grupo, sin ver el horizonte. Otras van delante, tentadas a dejar el grupo y lanzarse a la aventura. Otras se dejan llevar, y hay incluso las que se preguntan si no hay otro camino. Algunas se sienten solas, aún en medio del rebaño, porque los sentimientos, normalmente, se alejan por kilómetros de la verdad.

Como pastores, debemos reconocer que somos parte del rebaño. Algunas ovejas nos inspiran, otras nos fatigan. Entre ellas están las que nos cautivan y nos hacen olvidar por un momento el conjunto. Incluso algunas nos despiertan lo más escondido de nuestros deseos y aspiraciones.

Los pastores necesitamos, a la vez, ser conducidos. También somos ovejas, aunque lo olvidemos frecuentemente, porque algunas veces aprendemos a ser pastores antes que rebaño. ¡Triste historia la de esta oveja perdida, que se creyó antes jefe que grupo!

Pidamos al Señor que nos haga pastores,”con olor a ovejas”, con conciencia de ser tales, con la alegría de sabernos conducidos por el único Pastor.

“SERÁS VISITADA CON TRUENO, ESTRÉPITO Y ESTRUENDO…” (Breve ensayo sobre Isaías 29,1-8)

“¡Ay, Ariel, Ariel, villa donde acampó David! Añadan año sobre año, las fiestas completen su ciclo, y pondré en angustias a Ariel, y habrá llanto y gemido. Ella será para un mí un Ariel; acamparé en círculo contra ti, estrecharé contra ti la estacada, y levantaré contra ti trinchera; serás abatida, desde la tierra hablarás, por el polvo será ahogada tu palabra, tu voz será como un espectro de la tierra, y desde el polvo tu palabra será como un susurro. Y será como la polvareda fina la turba de tus soberbios, y como tamo que pasa la turba de tus potentados.
Sucederá que, de un momento a otro, de parte de Yahvé Sebaot serás visitada con trueno, estrépito y estruendo, turbión, ventolera y llama de fuego devoradora. Será como un sueño, visión nocturna, la turba de todas las gentes que guerrean contra Ariel, todas sus milicias y las máquinas de guerra que la oprimen. Será como cuando el hambriento sueña que está comiendo, pero despierta y tiene el estómago vacío; como cuando el sediento sueña que está bebiendo, pero se despierta cansado y sediento. Así será la turba de todas las gentes, que guerrean contra el monte Sión.” (Is. 29,1-8)

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Explorar el texto de Isaías es para nosotros una oportunidad para descubrir su valor y su mensaje. Desde un primer momento sus palabras resuenan en nuestro interior…  “trueno, estrépito y estruendo” (v.6). Este ejercicio es para nosotros un viaje fascinante hacia la esencia del escrito, percibiendo en cada paso que damos una claridad mayor y un deseo de ir más allá. Presentamos brevemente lo que hemos podido recoger, partiendo de los aspectos históricos y literarios hasta llegar al mensaje de esta narración en nuestro país.

Referencias históricas y literarias

Encontrar la riqueza de un texto literario, sin traicionarlo, implica conocer sus coordenadas históricas y literarias. Sólo así, podremos ser fieles a la intención y mensaje del autor. Para ello, nos valdremos de los estudios realizados por algunos biblistas que presentaremos a continuación.

El texto pertenece, según Simian-Yofre al Primer Isaías. En consecuencia, es un texto original del profeta que da nombre al libro, quien vivió y profetizó en Jerusalén en la segunda mitad del s. VIII. a.C. Estamos, por tanto, ante uno de los extractos más antiguos del libro, junto a los capítulos 1 al 11 y 28 al 32.

Este texto, junto a los que configuran los capítulos 28 al 33, refiere al ataque que realiza Senaquerib a la ciudad santa en el año 701 aC. El monarca asirio acedia la ciudad, “pero tuvo que levantar el sitio por problemas políticos y militares internos, cuando Jerusalén estaba a punto de caer en su poder”

El ataque de Senaquerib se realizó durante el reinado de Ezequías. Este rey será recordado, según 2Rey. 18-19, como un hombre apegado a la ley de Dios, fervoroso, enemigo de las idolatrías, y con la esperanza puesta siempre en Él. Sin embargo, será objeto de muchas críticas por parte de los profestas, al intentar buscar alianzas con la corona egipcia para rechazar la hegemonía asiria. Los profetas comprenderán este gesto como una muestra de desconfianza en Yahvé, único liberador.

En el ámbito literario, Levoratti divide el libro de Isaías en once unidades temáticas, ubicando nuestro texto en la cuarta, que refiere a “nuevos oráculos para el pueblo de Dios”. Esta unidad temática comprende desde el capítulo 28 hasta el 33, ambos inclusive. Esta sección del libro nos habla de la necesidad de confiar en Yahvé aún en la adversidad, la esperanza en la prosperidad y la salvación más allá de las adversidades presentes, y se hace eco de las críticas ante las alianzas a las que puede verse tentado el rey ante la situación.

El texto

Todos los autores coinciden en definir en este texto dos grandes partes. La primera (29,1-5ª) refiere a la amenaza de Yahvé ante la inminente invasión asiria, y la segunda (29,5b-8) a la esperanza de la intervención de Yahvé a favor de su pueblo. Ambas se complementan, dejando ver que el castigo de Dios nunca es el final, y que él es la antesala de la acción salvífica de Dios, único liberador.

El texto comienza con una frase lapidaria: “¡Ay, Ariel…”. Este “Ay” es el segundo entre Isaías 28 al 33. Estamos ante una forma literaria caracterizada por el anuncio de grandes males para quienes no se apegan a la palabra del Señor. Más enigmático resulta el término “Ariel”, que no deja de ser un misterio para los exégetas aún hoy. Levoratti presenta algunas teorías sobre el significado de este nombre, sobre las cuales no hay aún una palabra definitiva. Según su síntesis, “Ariel”:

– Es el “nombre simbólico dado a Jerusalén”, en referencia a la antigua ciudad jebusea conquistada por David, según el versículo segundo (2Sam. 5,6-7)

– El término exacto es “Uriel”, y no “Ariel”. Refiere a la “ciudad de Dios”

– El término exacto es “Uruel”, nombre antiguo de la ciudad que obedecía al nombre del dios pagano, al que se le agregó el sufijo “el” que significa Dios. Un manuscrito de Isaías descubierto en el Qumrán podría apoyar esta teoría.

– Puede traducirse como “Altar”, “monte de Dios”, refiriéndose al lugar donde se realizaban los sacrificios a Yahvé. De ser así, el profeta anuncia que la ciudad sería un gran altar donde sería inmolada la víctima, ya fuese Asiria o Israel.

Más allá de las posibles explicaciones a las que refiere el biblista, comprendemos que el término refiere a Jerusalén. Se anuncia, por tanto, que la ciudad “será abatida, la palabra será ahogada, y la voz será acallada”. Yahvé dejará a Jerusalén en manos de los asirios , así como dejó en manos de la conquista de la ciudad jebusea a la que refiere en versículo primero.

La destrucción sin piedad de la que será objeto la ciudad santa será la antesala de una visita de Dios. Sobre esta visita ahondaremos en la siguiente parte, pero ya dejamos ver que será “ruidosa, estrépita, devoradora” (v. 6). La visita hará que la amenaza y la destrucción sean como un sueño. La presencia de Yahvé será salvación para quienes han sufrido tales calamidades, y dejará ver que todo era una ilusión en manos de los perversos. Comprendemos, por tanto, que la salvación de Dios no es contraria a la persecución que vive la ciudad; esta última es la antesala de la próxima presencia del Señor que será restauradora, que dejará ver la voluntad de Dios, quien castiga y salva a quienes se mantienen fieles a su promesa.

“Pqd”: La visita de Yahvé

Afirmábamos en el apartado anterior que entre las dos partes que configuran el texto se anuncia que la ciudad “será visitada” (v. 6) por Yahvé. En su versión original, el término traduce el vocablo hebreo “pqd” . Las traducciones del término difieren en las diversas biblias. Por ejemplo, Alonso Schökel comprenderá que el Señor “te auxiliará” , y la Biblia Católica Para Jóvenes entenderá que el Señor “intervendrá” . Podríamos, seguramente, descubrir algunas otras traducciones en diversas versiones del texto bíblico.

Las traducciones diversas nos hacen pensar que el término puede tener diversos significados según el contexto y la intención del autor. De todas ellas podemos recoger el sentido general que acompaña al término. Observamos, al comparar las traducciones, que el término no nos habla de una presencia pasiva de Dios después de una ausencia. La visita de Dios, en consecuencia, no puede ser comprendida como el acto de “aparecer” en un lugar, sin mayor trascendencia. Tampoco es una aparición fantástica, que sólo busca la contemplación y la admiración de quienes lo reciben, como puede ser la visita de un personaje famoso o poderoso.

La visita de Dios, en este caso, implica una acción según la cual Él interviene, salvando de una realidad de profunda opresión que lleva casi a la desaparición del pueblo, tal como lo anuncia la primera parte del texto.

Podríamos decir que Dios “visita interviniendo”, e “interviene salvando” de la opresión asiria. No la evita, pero sí la transforma. Su visita, por tanto, se circunscribe a una realidad espacio-temporal, es transformadora y revitalizante, intencionada, determinada y destinada a la rehabilitación de un pueblo destruido por quienes tienen mayor poder.

Aportaciones del texto a nuestra realidad

Decíamos al iniciar nuestra reflexión que, ante la opción de poder elegir algún texto a analizar, no dudamos en hacerlo con este. El texto nos ilumina sobre la nuestra situación; sabemos que Venezuela vive una realidad compleja que ha llevado a un empobrecimiento progresivo, a una violencia generalizada, a una escasez sin precedentes y a una destrucción progresiva del Estado de Derecho. Ante esta realidad, no son pocas las voces que nos preguntan dónde está Dios, por qué nos ha castigado de esta manera, y cuándo nos “sacará” de este atolladero.
Personalmente, creo que el texto responde con impresionante claridad a nuestra coyuntura. Somos un pueblo sufriente, es un proceso de destrucción progresiva de los acuerdos que harían posible la convivencia pacífica, y del entramado social. En este contexto, Dios está ausente para muchos, y su ausencia genera desconcierto, desesperanza y desconsuelo.

Me atrevo a afirmar que nuestro pueblo anhela con ansias el “pqd” de Dios. Anhela su presencia; presencia que interviene, e interviene para salvar. Anhelamos y rogamos que llegue “el trueno, el estrépito y el estruendo” (v.6) que anuncia la visita salvífica, y que nos lleva a comprender que todo era un sueño; que los opresores sólo soñaban con nuestro sometimiento, pero que al final se encontrarán “con el estómago vacío… cansados y sedientos”, porque todo era un sueño (v. 8).

Llamados por Él, firmes en la esperanza, vivimos esta hora de la historia y abrimos paso a la visita del Señor.

Canto al Amor

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Ama…

… aunque el miedo busque paralizarte

… aunque tengas la posibilidad de no hacerlo

… aunque no obtengas la gratificación que deseas

… aunque tu cuerpo se sienta adolorido

… aunque sepas que el futuro es la muerte

… aunque tus verdugos te persigan

… aunque la religión te tape los ojos

… aunque el mundo desista

… aunque pierdas el brillo

… aunque los tuyos te rechacen

… aunque suponga la más honda soledad

Ama, porque…

… es el único antídoto contra el sin sentido

… es vida que se gana, aunque suponga la muerte

… es la posibilidad para que emerjan la justicia y el derecho

… te hace plenamente hombre, y en consecuencia, Hijo de Dios y hermano de los hombres

… es aquello a lo que todos somos llamados.

“Ama, y haz lo que quieras” (San Agustín)

La Pastoral Vocacional Familiar: Un reto para toda la Iglesia

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La familia está llamada, por esencia, a favorecer el crecimiento y el desarrollo de las vocaciones a la vida sacerdotal y consagrada[1]. Convencidos de que es la mediación educativa más significativa, afirmamos que podrá llevar adelante su tarea si es capaz de desarrollar, en su seno, una auténtica cultura vocacional.

¿Qué entendemos por cultura vocacional? Con esta frase no nos referimos a conceptos yuxtapuestos, que constituyan un bagaje teórico acertado pero poco eficaz. Tampoco es un traje que podamos lucir en ocasiones especiales, cuando nos llamen a hablar de las vocaciones, y menos aún de una praxis que sustrae de la libertad de decisión a nuestros jóvenes.

Para acercarnos a la idea, nos acercamos primeramente a la definición del sustantivo. La cultura es el “modo y estilo de vida de toda una comunidad y deriva de un modo de interpretar la vida y las distintas experiencias que en ella se suscitan”[2]. Por derivación, al incluir el adjetivo, comprendemos la cultura vocacional como los modos y estilos de vida que derivan en el nacimiento y desarrollo de vocaciones en la Iglesia, especialmente de Vida Consagrada y sacerdotal.  La familia es ese lugar, ese “caldo de cultivo” donde se generan los planteamientos y las experiencias de vida que desarrollan la pregunta sobre la vocación religiosa y sacerdotal, y se plantean como una posibilidad para los jóvenes. En definitiva, es en las familias donde se construye la cultura vocacional.

Asumir su papel en el nacimiento y desarrollo de las vocaciones eclesiales, no lleva a separarnos de la práctica de animación vocacional que aún hoy está presente en muchas comunidades, aunque sí nos obliga a redimensionarla. Debemos pasar de una animación vocacional concebida exclusivamente como una acción directa sobre el joven que está en la edad de las decisiones, como marketing, ajena a la pastoral de conjunto, y como procesos de selección cualificados que integran lo psicólogico y lo espiritual[3] pero que olvidan la dimensión relacional de la persona.

Esta forma de comprender la animación vocacional no asume la fuerte vinculación que hay entre cultura vocacional y familia. Toda acción parte de la familia, pues es ella la mediación fundamental, y favorece el surgimiento de la cultura vocacional en ella. Esta animación potencia significativamente la siembra sin dejar de lado el acompañamiento a los jóvenes en el discernimiento de su vocación específica.

Con lo dicho hasta el momento, se hace evidente la necesidad de un viraje en la práctica de la animación vocacional en la Iglesia. Este cambio supone, primeramente, animar y acompañar a las familias desde las orientaciones del Magisterio y de las herramientas que nos ofrecen las ciencias. Solo así podrán constituirse en verdaderos espacios de siembra y de animación vocacional. Esto requiere previamente una mayor relación entre Pastoral Vocacional y Pastoral Familiar, y un esfuerzo significativo por restructurar los modelos desde los cuales diseñamos el trabajo vocacional.

Es necesario, pero no suficiente, reconocer la necesidad de una mayor relación entre ambas pastorales. Intuitivamente percibimos la dificultad de un cambio de esta magnitud, porque supone la transformación en las formas en las que históricamente se han articulado. No son sólo ideas las que buscamos transformar; son paradigmas que necesitamos revolucionar. ¿Por dónde empezar?

Nos parece fundamental tomar conciencia de la importancia de la familia fortalecidas en el ámbito vocacional que generen vocaciones sólidas en lo humano y cristiano. Es parte de nuestro objetivo en este breve ensayo: convencernos de que no habrá vocaciones en la Iglesia sin familias “vocacionadas” y “vocacionantes”; y no habrá familias auténticamente cristianas sin vocaciones religiosas y sacerdotales.

Estos serían los primeros pasos para crear una auténtica Pastoral Vocacional en las familias. Ella no sólo buscaría incentivar la vocación a este género de vida, sino también edificar la mentalidad, la sensibilidad y la praxis vocacional[4] necesaria para sembrar y suscitar vocaciones a la Vida Consagrada y Sacerdotal. Una familia que siembra y anima vocacionalmente se comprende a sí misma como Iglesia doméstica, con una misión y una tarea única e irremplazable. Esperamos asumir, con la fe puesta en el Señor, los retos que todo esto implica.

[1]Familia y Pastoral Vocacional”, pág. 1

[2] MARTOS, Juan Carlos. De la “animación vocacional” a la “cultura vocacional”. s/e. Roma, 9 de abril de 2015, pág. 4

[3] MARTOS, Juan Carlos. op. cit., pág. 2

[4] La mentalidad, la sensibilidad y la praxis son las tres dimensiones que generan cultural vocacional. En CENCINI, A. No cuentan los números: Construir una cultura vocacional. Madrid: Ediciones Paulinas, 2012, pp. 19-26.

Equipamiento y raíces de la experiencia espiritual de San José de Calasanz

Javier Garrido nos dice que una de las etapas que constituyen el camino de la personalización es la del “Equipamiento y raíces”. Es aquella etapa en la que vamos teniendo las primeras experiencias de fe que sientan la base de las futuras opciones y decisiones. ¿Cuáles acontecimientos influyen en Calasanz que podamos identificar como el inicio de su fe cristiana? Este breve escrito intenta presentarnos algunas de ellas. ¡Que lo disfruten!

Equipamiento y raíces de la experiencia espiritual de San José de Calasanz

Epifanía

 

                Hoy en día de la Epifanía, solemnidad en la que recordamos a los Magos que, desde el Oriente, se acercan, guiados por una estrella en medio de la oscuridad, al pesebre. También hoy celebramos la llegada de algunos hermanos de la comunidad, quienes vienen después de un año de Noviciado o de visitar a sus familias por el asueto navideño.

                Con esta idea, llego a la comunidad. Pienso en que debemos abastecer en algo nuestra despensa, aunque los precios se han disparado alocadamente y son pocos los comercios que han abierto sus puertas. “Algo siempre se consigue…” pensé, y decidí salir a buscar lo necesario.

                Golpes de realidad comienzo a percibir. Al llegar a la panadería, ya no hay pan. En consecuencia, debemos usar la harina de maíz que es escasa, y que muchas veces no llega para el fin de mes. Además, me dice el panadero que a partir de ahora se entregará sin bolsa. “¿Cómo no lo había imaginado antes? Ya sé que para salir a comprar debo llevar mis bolsas, ya que están escasas y su valor se ha incrementado vertiginosamente”

                Sigo mi ruta hacia el lugar donde suelo comprar las verduras. “¡Está abierto, qué alegría! Podré comprar algunas verduras para el fin de…” Una inmensa cola para pagar a través de la tarjeta de débito me obliga a pensar si vale la pena el esfuerzo. Si calculo que cada persona puede llevarse entre 3 y 5 minutos, debo saber que al menos dos horas estaré esperando. No, no vale la pena. Aunque tal vez sí, si tuviera el tiempo disponible, pero no lo tengo. Debo seguir, aunque ahora no pueda llevar las verduras. Algún lugar encontraré donde pueda llevar, al menos algo, tal vez un poco más caro, pero en lo que tarde menos tiempo…

                Me acerco a la carnicería y la charcutería. Los precios me golpean: carne a Bs. 300.000,00 el kilo y el queso que solía comprar ya está en Bs. 240.000,00. Calculo precios… ¿y cómo compra uno eso si lo que gana, con el aumento que acaba de decretar el Gobierno Nacional, apenas llega a los Bs. 900.000,00 mensual? Imposible, creo que restructurar el menú… una vez más, reducir, reducir, reducir…

                Voy caminando vagamente. En los sitios donde no hay personas pagando con tarjeta, sólo reciben dinero en efectivo. El tan escaso dinero, que ya venden a un 20% en algunos negocios, de manera clandestina. Y yo ya no tengo dinero en efectivo, por lo que sólo queda pasar de largo…

Sigo mi ruta. Consigo un pequeño negocio donde logro comprar tomates, cambures, algo de carne y queso que sólo dará para un fin de semana. Allí dejo más de Bs. 450.000,00. Los pago, sin pensar en lo que haré mañana. “Danos, Señor, el pan de cada día”. No el de mañana, ni pasado. Sólo el de hoy. Él se encarga de darnos el pan de cada día. Viene a mí la cita de Evangelio, en la que Jesús nos recuerda que el Padre nunca se olvida de sus hijos. Me voy, confiado en que mañana será otro día, y que Dios nos dará aliento, salud y fortaleza para poder vivir.

                En todo esto, percibo cómo la realidad me golpea. Hoy percibo más dura la noche, pero recuerdo que estamos en Epifanía. La estrella brilla, tal vez yo que podido quedar enceguecido ante tantos golpes que recibimos a diario. Brilla, a pesar de lo oscuro de la noche. Sigue el camino, la estrella nos indica cuál es el sendero. El Señor nace, y con Él la esperanza del tiempo que aún no acontece pero llegará. En medio de la noche, sientes cómo el sistema se convierte en un peso que busca impedir el camino, doblegar las rodillas, bajar la cabeza. Pero, desde el corazón, surge la fuerza que erige tu rostro, sostiene tus piernas y te permite dar un paso más. Sólo un paso más, un paso cada día. Así, sin detenernos, llegaremos, en algún momento, a contemplar al Salvador que nace en medio del pesebre.