Reconozco, Señor…

Señor: Reconozco lo grande que has hecho en nosotros, cada uno de los miembros de tu obra, reconozco la inmensurable del milagro de existir…

Reconozco en mis manos el poder para construir, para abrazar y consolar….

Reconozco en mis pies la oportunidad de salir al encuentro, de hallarme con los pobres, de andar por sendas aún no caminadas…. De abrir caminos, de explorar nuevas rutas, de hallar nuevos destinos….

Reconozco en mis ojos el regalo del color y del movimiento, del brillo y de la oscuridad, el reflejo de tu presencia y de tu ausencia…

Reconozco en mi boca la posibilidad de nombrarte, de pronunciar tu Palabra, que se hizo carne y habita en nosotros….

Reconozco en mis oídos el sonido y el silencio, la apertura a lo inaudible, la confirmación del hecho salvífico pronunciado por ti…

Reconozco en mi olfato la grandeza de un mundo más grande que el color y el movimiento, la posibilidad de que lo pequeño sea realmente grande, y lo grande pequeño, la grandeza del deleite, de la paz…. La pequeñez de los olores nauseabundos de muchos seres humanos que necesitan de ti.

Reconozco en mi piel lo abrasante del calor, la sensación de impotencia del frío, la caricia y la porosidad, la tensión y la paz, la dinámica de la existencia…

Reconozco en mis ideas tu orden en la creación, las reglas de juego para hacer posible la vida en medio de nosotros, la posibilidad de hacer más humano un mundo que ya lo es porque estás en medio de él….

Reconozco en mis sentimientos tu debilidad por lo amado: el ser humano, hombre y mujer; tu deseo de dejarte consternar, alegrar, entristecer, emocionar, reconciliar… a partir de aquello que hacemos desde nuestra libertad.

Reconozco en mi virilidad la participación plena en tu creación, la expresión de la vida dando vida, la presencia del misterio trinitario, la posibilidad del “nosotros” como realidad humana,… presencia… tu presencia en el hombre, la plenitud de lo humano, la vida.

Reconozco en mi corporeidad la presencia habitada, el alma encarnada, la carne animada; la vida de Dios en nosotros;

“y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn. 1, 14)

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