Pasemos ya de la “Lumen Gentium”…

La lectura de una colección de artículos del teólogo latinoamericano Víctor Codina SJ, copilados es su libro: “Una Iglesia Nazarena” (Sal Terrae, 2010), me llevó a descubrir esta afirmación que (no lo puedo negar) me pareció bastante atrevida y retadora a lo aprendido, conocido y elaborado hasta ahora.

Sí,… al principio me resultó una idea excesivamente “revolucionaria” y fuera de lugar. En toda la reflexión eclesiológica que he venido haciendo, y en las opciones básicas desde las cuales hemos partido en nuestra pastoral y en nuestra forma de comprender nuestra comunidad cristiana escolapia y la Vida Religiosa, “Lumen Gentium” es la base. Esta constitución dogmática define cómo la Iglesia se comprende a sí misma, y representó un cambio paradigmático en la forma de comprenderse en relación a su misión, a sus miembros, a su papel en el mundo (más desarrollado en “Gaudium et Spes”), y es la expresión de una Iglesia que puso el primer quicio de su renovación ante los cambios que supuso el mundo contemporáneo.

Sin embargo, la lectura del documento “América Latina en estado de misión”, publicado previamente en ReLat (mayo-agosto 2008), me abre los ojos a una nueva realidad. La Iglesia latinoamericana de hoy se distancia considerablemente de la realidad desde la cual se escribió “Lumen Gentium”. Como es lógico, el documento magisterial buscó conceptualizar la Iglesia desde sus agentes, su misión y su organización. Sin embargo, América Latina no deja de ser un territorio de “misión” donde los límites de la Iglesia se desdibujan, y es díficil determinar círculos claramente definidos. En América Latina la señora se sabe cristiana, y por eso va al culto evangélico y a la Iglesia, busca el agua bendita, reza a sus santos y se protege del “mal de ojo”.

Sin embargo, también a América Latina llega paulatinamente la secularización, el agnosticismo, la noche oscura sobre la idea de “Dios”,… con mayor cercanía tenemos la pregunta sobre “Jesús” y la “Iglesia”. No podemos, en definitiva, afirmar que América Latina está lejos del proceso de secularización y descristianización progresiva de la humanidad, pero la vive desde claves y ópticas que le son propias, en un sincretismo que la aleja de las formas particulares de vida de Occidente o de otros contextos culturales.

En definitiva, el autor nos plantea que antes debemos comprender el decreto “Ad gentes”, que reconoce a la Iglesia como sujeto misionero y flexibiliza las fronteras desde las cuales se comprende a sí misma y comprende su relación con el mundo, la sociedad, la cultura y la religión. La Iglesia en América Latina es también un espacio de misión, comprendida como la acción que permite al cristiano reconocer la bondad de la cultura con la cual se encuentra, y en ella descubrir las semillas del Evangelio que harán posible la progresiva evangelización de los pueblos. Nos alejamos, obviamente, de la idea según la cual la misión es la “adhesión” acrítica a conceptos, ideas, dogmas y prácticas alejadas del contexto, que abren paso a una pertenencia a una creencia particular por considerarse superior, sin conciencia ni libertad de quienes son adoctrinados.

En este sentido, puedo comprender la gran misión de la Iglesia, y en ella, de las Escuelas Pías. Ahora puedo comprender aún más que el cristiano en América Latina es “discípulo misionero” (Documento de Aparecida), que el cristiano o cristiana reconoce en medio de su propia cultura los signos del Evangelio; centra en su praxis la opción por el Reino de Dios desde la óptica de los pobres, y genera una nueva dinámica en la cual la pertenencia eclesial no está constituida por grupos claramente determinados, definidos, formados y con conciencia clara de su pertenencia eclesial y, por lo tanto, alejados de todo lo establecido en las afirmaciones dogmáticas de nuestro Magisterio. Está constituida por personas con múltiples prácticas y creencias; algunas de ellas en comunión con el Magisterio, y otras no. Está conformada por personas que tienen una cosmovisión, una antropología y una fe que dialoga y se comprende como cristiana por poseer valores y raíces en el Evangelio de Jesús vivido en comunidad, pero que se aleja de la visión eurocéntrica de la fe. Por eso, tal vez, la secularización en Latinoamérica no se expresa en una militancia contraria a la jerarquía eclesiástica, ni en la petición formal de muchos de expresar públicamente su apostasía. En nuestro continente la secularización se expresa junto a la mezcla de elementos religiosos y espiritualistas que forman parte de un imaginario colectivo que configuran la vida de nuestros pueblos.

Ante todo esto, me pregunto: ¿conecta nuestra concepción de la Vida Religiosa y de la comunidad cristiana escolapia con estos elementos? ¿no estaremos dejando a un número significativo de personas en ese lugar étereo de comunidad cristiana escolapia y dando cabida a muy pocos a las formas que vienen estructurándose (fraternidades, Misión Compartida) por su carácter definitorio y  posiblemente excluyente? ¿Habrá descubierto la Iglesia latinoamericana la magnitud de la afirmación de que ella es “discípula y misionera”, y que en ese sentido, es creadora de Iglesia desde unas claves culturales que se alejan del régimen de cristiandad?

Espero que los aportes de quienes leen nos ayuden a dar respuestas a estas ideas, a definir la forma de comprendernos como Iglesia en este continente. Nuestra reflexión sigue abierta, con más interrogantes que respuestas, en el deseo de crear Escuela Pía e Iglesia desde nuestra realidad, la cual, con sus luces y sombras, es expresión clara del clamor de la humanidad, de un carisma, del PUeblo de Dios que vive y desea dar vida a esta porción de la Humanidad.

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