Permanecer

Hoy el Evangelio nos invita a permanecer en Dios. En un lenguaje propio y convincente, el Evangelio de Juan afirma que sólo quien permanece en Dios podrá dar fruto, y nos coloca la analogía entre el sarmiento y la vid. Jesús es la vid, y nosotros somos sarmientos que sólo unidos a Él podremos dar fruto en abundancia.

La analogía joánica nos permita encontrar el sentido profundo de la palabra “permanecer”. El sarmiento no permanece en la vid como algo que se agrega, desde fuera, y que posteriormente se va haciendo parte de la planta. No. El sarmiento es, desde su raíz, parte de la vid, y la planta es tal en la medida en que da de su tronco nuevos racimos, nueva vida, nuevos sarmientos. La unión entre la vid y el sarmiento es tal, que no pueden separarse, no pueden comprenderse uno sin el otro, son un conjunto en sí mismo donde no podemos diferenciar dónde termina el tronco y comienzan sus ramas.

De la misma forma, estamos llamados a ser uno con la vid. No somos algo aparte de Dios, que después consigue adherirse a Él de manera artificial. En lo profundo de la vida, hay un espacio donde no sabemos dónde termina la presencia de Dios y comenzamos a ser nosotros mismos. Estamos llamados a ser complementados, en último término, por esa fuente viva que es Dios, y que “permanece” en lo profundo del ser humano.

Los seres humanos estamos llamados, por nuestra naturaleza, a hacernos Uno con el creador. Nuestra dimensión afectiva y sexual no es más que la expresión más viva de nuestra necesidad de ser complementados, de tal manera que en el amor entre el hombre y la mujer, cuando nace de Dios, podemos encontrarnos con la ausencia del límite y la frontera, para encontrarnos con el encuentro de la vida, donde dejamos de ser uno para convertirnos en “nosotros”. De la misma forma, Dios se hace uno con el ser humano, de tal forma que el límite se convierte en el lugar de encuentro entre la existencia y lo trascendente, entre lo propio y lo común, entre el yo y el tú que se convierte en algo más que la suma de dos individuos.

La encarnación de Jesús es, aún más, una manifestación clara de cómo la vid da vida al sarmiento. En Jesús se rompe el límite entre lo humano y lo divino, para convertirse en una sola realidad en la Creador y creatura… misterio de vida, de plenitud.

“Señor, que podamos ser auténticos sarmientos en Ti. Que podamos permanecer en tu amor, para poder dar fruto abundante de buenas obras. Que descubramos en la soledad propia la presencia del Tú que nos complementa, nos da vida. Que podamos ser, vid y sarmientos, un nosotros plenificado en el amor” Amén.

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