“Para ser formador no basta el amor”

Hace pocos días inicié la lectura del libro que lleva el título que encabeza este artículo. Se refiere a un texto de la religiosa Virginia Isingrini, misionera javeriana, quien ha dedicado varios años a la reflexión teológica y posee una amplia experiencia en el campo de la formación de candidatas a la Vida Religiosa.

La lectura de este escrito me ha permitido centrarme en la síntesis que presenta en su primer capítulo como “tentaciones”. Para la autora, en el trabajo formativo existen cuatro grandes tentaciones o modos de llevar adelante esta labor que pueden, sin esperarlo, perturbar el objetivo del mismo, que no es más que ayudar a integrar al joven o a la joven su proyecto de vida a partir del modelo que propone cada instituto en particular desde su carisma.

La primera tentación que describe es la “conductista”. Esta tendencia permite creer o imaginar qué las experiencias de vida son, en sí mismas, capaces de transformar a la persona. Esta tentación deja de reconocer la realidad de muchos religiosos y religiosas que han vivido un sin fin de experiencias (insersión entre los pobres, estudios teológicos, cambios de comunidad, etc.), y siguen viviendo las mismas dinámicas interiores que perturban su consagración. En definitiva, la experiencia y el cambio no bastan, en sí mismos, para lograr el cambio esperado, la conversión necesaria para caminar en fidelidad. Creo que en la Vida Religiosa existe mucho de esto, y han sido muchos los momentos en los que he escuchado que tal vez a “fulano” o “fulana” tendría que cambiar de comunidad o de ambiente para ver si “cambia”… Definitivamente, la experiencia no basta.

La segunda tentación, según Virginia, refiere a la humanista. Esta tendencia permite creer que la persona, sin ningún tipo de guía ni de criterios que puedan parecer impositivos. Es una verdad patentada que hoy en las comunidades ha habido una exaltación de la comunidad, pero muchas veces denigrando o enturbiando la misión propia del superior o superiora. También es cierto que, por esa convicción de que “cada uno tiene que hacer su proceso”, hemos dejado a la naturaleza humana la tarea de moldear un estilo de vida que no se basa en la naturaleza de la persona, aunque la toma en cuenta, sino en una experiencia profunda de Dios que lleva a transformar la naturaleza misma para hacerse consagrada desde un modelo específico. En este sentido, las comunidades no debemos olvidar que son herederas de un carisma que debemos renovar, desde claves de vida que son irrenunciables. Dejar a cada candidata o candidato a la buena de Dios, siguiendo su impulso natural, sin mostrar referencias de cómo el carisma le invita a transformar su manera de organizarse en la vida cotidiana, de integrar las frustraciones, de vivir las relaciones humanas…. termina siendo un fracaso.

La tercera tentación es la espiritualista, aún presente a pesar de los años. En este sentido, el objetivo fundamental está en que la persona se muestre integrada, mantenga conductas espiritualistas y prácticas que pueden esconder, aunque no siempre, grandes represiones de la dinámica interior. En este sentido, basta observar cómo en la historia de la Vida Religiosa la represión de los sentimientos y afectos generó sujetos fríos y poco humanos, incapaces de sentir dolor ante la necesidad del otro, y sujetos incapaces de conocer sus propias vivencias interiores. No está de más decir que esta tentación, aún cuando está centrada en modelos previos al Vaticano II, siguen coexistiendo con los otros que acabamos de mencionar.

La cuarta y última tentación, y no por eso la menos importante, guarda relación con el gnosticismo. Centra la formación en la intelectualidad de la persona. En este modelo la calidad de la formación de la persona es igual a la calidad de los conocimientos adquiridos. Si bien existe también la tentación contrario -que minusvalora el estudio y la reflexión para dar prioridad al trabajo pastoral, a la vida comunitaria, o peor aún, a las propias vivencias interiores-, no podemos dejar de ver, principalmente en los grupos masculinos, la continua referencia a la “academia”, al “tiempo de estudio”, a las “calificaciones” como el elemento que determina la continuidad o la interrupción del proceso formativo de una candidata o candidato.

En definitiva, creemos que debemos apostar por un modelo que vaya más allá de las restricciones que presentan estas tentaciones. Porque las tentaciones, como todas, nos pueden arrojar una luz inicial y un éxito a corto plazo, pero pueden dejar daños en las personas, y muchos de ellos irreversibles. Gracias, Virginia, por este importante aporte.

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