El imperio de la subjetividad

La experiencia cotidiana, debidamente reflexionada, nos lleva a reconocer como vivimos en el imperio de la subjetividad. Cuando en nuestro país se habla de posibles imperios geográficos y económicos, la vida me habla de otro imperio, más difícil de reconocer, porque subyace dentro de nosotros mismos y nos envuelve como una película transparente que nos promete protegernos de los demás, sin darnos cuenta que nos aisla y nos condiciona.

Muchos han escrito sobre la desaparición de los mitos y de los dogmas como configuradores de la vida de los seres humanos de esta generación. Frases como “fragmentación de la persona”, “ausencia de ideales”, “búsqueda de la autorrealización”, nos revelan una idea común: la persona como sujeto replegado sobre sí mismo, sin horizontes, que reconoce y absolutiza sus sensaciones, sus emociones, sus ideas y sus vivencias. Cada día soy testigo de cómo las relaciones humanas se configuran alrededor de las subjetividades, cuyo último fin no es la verdad, sino la ausencia del conflicto que puede desvanecer esa película salvadora que soy yo y mis sensaciones. “Siento, luego existo”; por lo tanto, la relación no se configura desde el valor sino desde las sensaciones que genera. Sensaciones pasajeras, como serán las relaciones que se establezcan desde ellas.

Es en este aspecto donde vislumbro una dificultad en la Vida Religiosa del futuro. En definitiva, o nos configuramos centrados en la Verdad absoluta que se revela en el rostro del Hijo, o nuestro compromiso será fluctuante, determinado por las dinámicas de relaciones humanas. El seguimiento de Jesús puede generarnos diversos momentos de dolor, angustia, alegría, esperanza, tristeza… pero no podemos rechazar el seguimiento a quien es el Camino, la Verdad y la Vida por las sensaciones placenteras o desagradables que puede generarme.

Debemos estar atentos ante una generación que, por un lado, vive cotidianamente con la violencia que anula al prójimo como sujeto; y por otro, escapa de las verdades últimas para complacerse en sus propias “verdades”, que interpretan y desfiguran la Verdad. Escapa de la relación que se configura desde el compromiso y la convicción, para guarecerse en pequeños refugios íntimos de relaciones deshumanizantes que le complacen, pero al mismo tiempo lo limitan, lo encierran sin poder alcanzar valores trascendentes.

La subjetividad es quien determina la veracidad del hecho, de la idea, de la sensación y el sentimiento. Obviamente, nos encontramos ante una generación que defiende lo que siente, pero no lo que cree, porque lo que cree dependerá de lo que siente. Hoy “creo”, pero mañana no sé, porque la razón dependerá de las sensaciones, que en sí mismas son fluctuantes y cambiantes. ¿Cuál será el desenlace? Un sujeto estancado en sus propios sentimientos, incapaz de transcender y de reconocer en las necesidades propias y de los demás la posibilidad de ir más allá de sí mismo para construir un mejor mundo.

En definitiva, nos encontramos ante el imperio de lo subjetivo; sin embargo, buscamos caminar hacia el mandato absoluto de la Verdad.

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