Celebrando la vida: homilía del 16 de noviembre

Hoy celebramos la Eucaristía, unidos, y aun afligidos por la ida, sin retorno, de José Gregorio. Tal como escribía en el día de ayer, “las paredes, los salones y los patios” aun gritan su ausencia. Durante estos días el desarrollo de nuestras actividades no ha sido más que un intento de reafirmarmos consecuentemente que la vida tiene sentido y vale la pena, aun con el dolor a cuestas y con el corazón empequeñecido. En medio de la jornada, la ausencia grita irreductible, aplastante, y sin sentido. 

Sin embargo, como también lo escribía, vamos percibiendo como el grito ensordecedor de esa  ausencia voraz se convierte en el murmullo, casi silencioso, de una presencia suave y etérea. Cuando los oídos se cierran, y los ojos se posan en el corazón, tu presencia es más absoluta y más real que nunca. Estás acá, en medio de nosotros, mientras Dios “hace brillar el sol de la justicia que trae la salvación sobre tu rostro”. Podemos percibir como el Padre amoroso te recibe, y saltas de alegría ante quien está en el origen de la vida, y recibes el abrazo amoroso de quien es la fuente del amor, del perdón y de la misericordia. 

Algunos dicen que ya no estarás con nosotros, pero otros te notan más presente que nunca. Has llegado, al final de este camino pasajero y volátil, a demostrarnos el valor de más de 800 vidas que recorren los pasillos de nuestro colegio diariamente, que patean balones por horas y que se rebelan contra sí mismos, contra los demás, contra el mundo. Ahora, es tu momento para volar alto, para salir de esta escuela a aquella en la que hoy Calasanz recibe a sus hijos.

 Lo único que te pedimos es que, cuando Calasanz te reciba en esa escuela grande, donde van todos sus hijos, le comentes que hay muchos otros niños, acá en la tierra, que necesitan de hombres y mujeres que les acompañen y les quieran, y les hagan descubrir el sentido de la existencia. Seguramente, escuchará tu voz, y le dirá al Padre que siga mandando obreros a esta mies. Cuando estés en esa escuela, regálales tu sonrisa, tu alegría, tus ganas de vivir; y construye muchísimos robots, que sean capaces de limpiar la maldad que habita en este mundo, y de hacernos escuchar la esperanza en medio de las adversidades. 

Existe en nosotros la tentación de retenerte, de preguntarte cien mil cosas de las que tú ni nadie tendrán respuesta. Un adolescente como tú, aún en pleno vuelo, tal vez tenga aún muchas más preguntas que las que nosotros hoy nos hacemos. Sabemos que, a partir de hoy, debemos dejarte libre, para que hagas tu camino. Hasta pronto, José Gregorio, que los ángeles te reciban, y que descanses en paz. Gracias por existir, hoy plenamente, en nuestras vidas. 

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