Un falso desencuentro, en una Venezuela encontrada

Roberto bajó desde temprano las escaleras del barrio. Llevaba puesta su camisa roja, con los ojos del supremo. Su gorra la había obtenido en una de las marchas, a las que nunca faltaba. Debía defender el legado, costase lo que costase. Gracias a él, había obtenido su casa, y había dejado atrás el barrio donde años antes su hermano había sido asesinado.

Algunas miradas se atravesaban, otras transmitían el beneplácito de quienes hallaban en el un defensor de la causa. En sus manos, un gran estandarte del líder fallecido, el mismo al que su madre le colocaba una vela todas las noches para pedirle por el país y por el cese de la violencia. Para llegar a su destino debía atravesar la masa de gente con banderas tricolores y gorras muy semejantes a las suyas pero con una ligera diferencia que los distanciaba kilométros de antipatía y enemistad.

Mientras tanto Jorge estaba entre la inmensa humanidad reunida en el descontento de una revolución que, según él, había dejado muerte, odio, hambre y fracaso. No conocía a Roberto… para él solo podían ser aduladores sin capacidad de pensar y de descubrir el legado de miseria y de destrucción. Escuchaba todos los días, en horas de la noche, los discursos de los diferentes líderes de los partidos políticos que se unían en contra de la barbarie. Sabía que la causa era justa; y de cualquier manera “había que salir de esto”. Cada marcha, cada convocatoria era una descarga de profunda adrenalina. Sabía que, si no había futuro en este país, tampoco valía el presente. Se arriesgaba, a pesar de que su madre se quedaba pensativa en casa, orando a la Virgen para que su hijo regresase vivo. Ya había recibido sus lecciones; las marcas de su cuerpo así lo gritaban al mundo. Se enorgullecía de ellas, pues para muchos eran las marcas de los liberadores de la dictadura.

Roberto se atrevió, a pesar del terror que cubría su piel. Pasaba en medio de hordas que gritaban e insultaban a quien él adulaba. Rabia y rencor se despertaba en él, podía transmitirlo su mirada. Guardó su gorra, pero lucía orgulloso su franela carmesí. Pero nadie tuvo tiempo de reaccionar ante su presencia… Una ráfaga de sonidos estruendoso, segundos de tiempo, espantos de olores que arden en el rostro, están acompañados de un gran caos, de gritos y llantos. Todos corren, uno de “ellos” está tendido en el piso. La sangre, del mismo color de su franela, se desliza con lentitud, de manera macabra, por el pavimento…

Se acerca, mientras todos huyen. En medio del llanto que producen esos olores nauseabundos que nacen de las armas, se acerca. Ve su rostro. Todas las imágenes caen. No era un terrorista, no tenía armas en sus manos, tenía tatuado en sus brazos el mismo mapa que encontraba en su franela. El color de la sangre de la víctima le unía al color que le vestía. Vio sus ojos; su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas que se negaban unas a otras; se sentía despojado de sus convicciones y esperanzas.

Jorge sólo veía como sus aliados habían huido, dejándolo en medio de la desgracia porque la patria los necesitaba. Se encontraba allí, tendido, en los brazos del enemigo. Vio su rostro… no estaba armado, no gritaba ni insultaba, no defendía lo indefendible, no había huido a pesar de los beneficios que, según sus líderes, le esperaban sí asistía puntualmente a la próxima concentración oficial. Su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas que se negaban unas a otras; se sentía despojado de sus convicciones y esperanzas….

Jorge y Roberto se encuentran drásticamente. Todo se tambaleaba; solo permanecía la mirada, que descubría el misterio que escondía uno para el otro. Todo lo anterior parecía infundado, falso, rechazado… sólo podían hallar la verdad que se encuentra en el rostro del hermano.

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