Puerta estrecha

27 junio, 2017

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El Evangelio que nos propone la liturgia de hoy nos invita a pasar por la puerta estrecha, antes que por la puerta ancha. “Es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mt. 7,14)

Durante la meditación del pasaje bíblico, busqué recordar alguna experiencia vivida en la que alguna puerta estrecha haya sido protagonista. Rápidamente vino a mi mente la puerta estrecha que salvó mi integridad física. En medio de una de las manifestaciones que se han hecho rutina en las últimas semanas en Venezuela, un grupo de hombres armados y uniformados nos sitiaron hasta tal punto que nos obligaron a correr y a buscar refugio. No sólo violaron nuestro derecho a protestar, sino que amenazaron con bombas lacrimógenas y armas de fuego nuestra integridad física.

En medio de tal desconcierto y pánico, una puerta estrecha se abrió. La puerta daba a toda una comunidad popular, en medio de una zona reconocida por ser de la antigua clase alta y ahora clase media. Al pasar la puerta, algunas personas abrían sus casas para darnos refugio. Sabían que en las próximas horas sus hogares serían allanados ilegalmente por quienes ejercen la fuerza policial y militar y apoyan la dictadura. Sabían el riesgo que corrían; algunas casas mostraban algunos destrozos de allanamientos anteriores. Sin embargo, sus puertas no dejaban de abrirse, y eran mucho más estrechas que las anteriores…

Rememorar esta experiencia me ayudó a comprender el Evangelio. Cuando pasas por la puerta estrecha, la amenaza es menos amenaza, el miedo es menos miedo. Los pobres aparecen en tu camino, y te permiten reconocer la solidaridad como principio básico de humanidad. La puerta estrecha acerca a quienes se reconocen como hermanos, aún en medio de las situaciones más complejas. Ella abre un mundo de posibilidades, abre a la vida que se teje en medio de los conflictos. Reconoces al hermano que nunca habías visto, la realidad se hace tan real que es difícil no salir positivamente afectado por ella.

Pido al Señor que haya muchas puertas estrechas que puedan abrirse para abrigar al que sólo expresa su deseo de libertad.


Juicio Final

21 junio, 2017

Tuve hambre y me diste de comer,

Tuve sed y me diste de beber,

Tuve miedo y me diste valor

Tuve rabia y me diste perdón

Me desnudaron y me cubriste,

Estuve herido y me auxiliaste.

Fui golpeado y me cuidaste

Me dispararon; tú sanaste mis heridas.

Lloré como un niño, y me consolaste.

Pensé en darlo todo, y me dijiste que debía entregarme yo,

Olvidé mi dignidad, y Tú la convertiste en la razón de mis luchas.

Todo lo veía oscuro, tú lo hiciste tricolor.

Convertiste el hambre en la fuente de mi energía,

La enfermedad incurada en la fuente de mi salud,

La injusticia en la mecha que enciende las ganas de seguir luchando,

La ausencia de futuro en la intensidad del presente.

Pensé que había que alcanzar la paz, y me dijiste que la paz es el camino.

Pensé que era un sueño; abriste mis ojos, y vi que era más real que mi existencia.

 

 


Un falso desencuentro, en una Venezuela encontrada

16 junio, 2017

Roberto bajó desde temprano las escaleras del barrio. Llevaba puesta su camisa roja, con los ojos del supremo. Su gorra la había obtenido en una de las marchas, a las que nunca faltaba. Debía defender el legado, costase lo que costase. Gracias a él, había obtenido su casa, y había dejado atrás el barrio donde años antes su hermano había sido asesinado.

Algunas miradas se atravesaban, otras transmitían el beneplácito de quienes hallaban en el un defensor de la causa. En sus manos, un gran estandarte del líder fallecido, el mismo al que su madre le colocaba una vela todas las noches para pedirle por el país y por el cese de la violencia. Para llegar a su destino debía atravesar la masa de gente con banderas tricolores y gorras muy semejantes a las suyas pero con una ligera diferencia que los distanciaba kilométros de antipatía y enemistad.

Mientras tanto Jorge estaba entre la inmensa humanidad reunida en el descontento de una revolución que, según él, había dejado muerte, odio, hambre y fracaso. No conocía a Roberto… para él solo podían ser aduladores sin capacidad de pensar y de descubrir el legado de miseria y de destrucción. Escuchaba todos los días, en horas de la noche, los discursos de los diferentes líderes de los partidos políticos que se unían en contra de la barbarie. Sabía que la causa era justa; y de cualquier manera “había que salir de esto”. Cada marcha, cada convocatoria era una descarga de profunda adrenalina. Sabía que, si no había futuro en este país, tampoco valía el presente. Se arriesgaba, a pesar de que su madre se quedaba pensativa en casa, orando a la Virgen para que su hijo regresase vivo. Ya había recibido sus lecciones; las marcas de su cuerpo así lo gritaban al mundo. Se enorgullecía de ellas, pues para muchos eran las marcas de los liberadores de la dictadura.

Roberto se atrevió, a pesar del terror que cubría su piel. Pasaba en medio de hordas que gritaban e insultaban a quien él adulaba. Rabia y rencor se despertaba en él, podía transmitirlo su mirada. Guardó su gorra, pero lucía orgulloso su franela carmesí. Pero nadie tuvo tiempo de reaccionar ante su presencia… Una ráfaga de sonidos estruendoso, segundos de tiempo, espantos de olores que arden en el rostro, están acompañados de un gran caos, de gritos y llantos. Todos corren, uno de “ellos” está tendido en el piso. La sangre, del mismo color de su franela, se desliza con lentitud, de manera macabra, por el pavimento…

Se acerca, mientras todos huyen. En medio del llanto que producen esos olores nauseabundos que nacen de las armas, se acerca. Ve su rostro. Todas las imágenes caen. No era un terrorista, no tenía armas en sus manos, tenía tatuado en sus brazos el mismo mapa que encontraba en su franela. El color de la sangre de la víctima le unía al color que le vestía. Vio sus ojos; su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas que se negaban unas a otras; se sentía despojado de sus convicciones y esperanzas.

Jorge sólo veía como sus aliados habían huido, dejándolo en medio de la desgracia porque la patria los necesitaba. Se encontraba allí, tendido, en los brazos del enemigo. Vio su rostro… no estaba armado, no gritaba ni insultaba, no defendía lo indefendible, no había huido a pesar de los beneficios que, según sus líderes, le esperaban sí asistía puntualmente a la próxima concentración oficial. Su cabeza se convirtió en un torbellino de ideas que se negaban unas a otras; se sentía despojado de sus convicciones y esperanzas….

Jorge y Roberto se encuentran drásticamente. Todo se tambaleaba; solo permanecía la mirada, que descubría el misterio que escondía uno para el otro. Todo lo anterior parecía infundado, falso, rechazado… sólo podían hallar la verdad que se encuentra en el rostro del hermano.


Objetivo Venezuela: mantener las escuelas abiertas

15 junio, 2017

La apuesta de los escolapios no se detiene en medio de la crisis provocada por Maduro

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Prof. Katty Merchán, exalumna y responsable de la Asociación Itaka-Escolapios de Caracas

 


Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

Caminando 2.0

... un espacio para seguir dando pasos...

Escuela de Educadores Escolapios

Provincia de Centroamérica y Caribe