Juicio Final

21 junio, 2017

Tuve hambre y me diste de comer,

Tuve sed y me diste de beber,

Tuve miedo y me diste valor

Tuve rabia y me diste perdón

Me desnudaron y me cubriste,

Estuve herido y me auxiliaste.

Fui golpeado y me cuidaste

Me dispararon; tú sanaste mis heridas.

Lloré como un niño, y me consolaste.

Pensé en darlo todo, y me dijiste que debía entregarme yo,

Olvidé mi dignidad, y Tú la convertiste en la razón de mis luchas.

Todo lo veía oscuro, tú lo hiciste tricolor.

Convertiste el hambre en la fuente de mi energía,

La enfermedad incurada en la fuente de mi salud,

La injusticia en la mecha que enciende las ganas de seguir luchando,

La ausencia de futuro en la intensidad del presente.

Pensé que había que alcanzar la paz, y me dijiste que la paz es el camino.

Pensé que era un sueño; abriste mis ojos, y vi que era más real que mi existencia.

 

 


No llores

4 junio, 2013

No llores, mujer. Dios ha escuchado tu dolor y tu llanto. Con tu hijo, sientes que lo has perdido todo, que ya nada tiene sentido.

No llores. Muchas también hoy se lamentan por la pérdida de lo más valioso. Algunas lo han perdido por el misterioso mal que habita en nuestra carne débil. Otras, por el misterioso mal que habita en el corazón de otros, que genera muerte y violencia.

No llores, mujer. Dios ha escuchado tu súplica. La vida no ha perdido su sentido, a pesar de haber perdido lo más valioso. Has perdido personas amadas, pero no has perdido en Amor. Has perdido vida, pero no has perdido a quien es la fuente de toda vida. Has perdido el sendero, pero no has perdido la brújula. Has perdido mucho, pero no lo has perdido todo.

No llores. Tu hijo está en el lugar del cual salió. Porque tu hijo no salió primero de tu vientre, sino de la creación amorosa de Dios, quien quiso compartir contigo aquello que te hace imagen y semejanza de Él: la maternidad. Hoy, tu hijo está con el Padre, esperando con los brazos abiertos tu llegada; Jesús le ha devuelto la vida, y sólo espera entregártelo en vida plena el último día.

No llores, mujer. También María, madre de Dios, ha vivido en carne propia tu dolor. Ha gritado desde el dolor, porque la violencia y la muerte no saben de amor; separa lo que nunca ha debido dividirse. Pero ella, como tú, levanta sus ojos al cielo, guarda todo en su corazón, y espera la venida de quien nunca debió partir.

No llores. Tu vida sigue siendo vida. El llanto es sólo para quienes han perdido lo que la fe nos asegura. El llanto es sólo para quienes no han descubierto que sólo Dios basta.

No llores. “Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo”

(Reflexiones del Evangelio del domingo 09 de junio 2013, tomada del Evangelio de Lucas 7,11-17)


Dios es luz

10 mayo, 2013

“Dios es luz sin mezcla de tinieblas” (1 Jn. 1, 5)

Así nos describe el autor de la primera carta de Juan el testimonio dejado por la comunidad cristiana a los seguidores de Jesús. Ante las diversas tendencias que negaban a Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre, el autor de la carta resalta: “Si decimos que compartimos su vida (la de Jesús) mientras caminamos a oscuras, mentimos y no procedemos con sinceridad” (1 Jn. 1, 6)

No he encontrado en este día una frase más clara de la situación actual que vivimos como Vida Religiosa y como Iglesia. Caminamos en medio de nuestras oscuridades, y afirmamos compartir su vida y su destino. Oscuridades que nos ciegan, marañas de sentimientos y sensaciones que nos hacen perder el sentido último de nuestra fe. Pareciese que el seguimiento a Jesús fuera compatible con todas nuestras oscuridades, mientras no nos tropecemos. Sin embargo, lo primero que podemos afirmar es que será muy probable el tropiezo, y aún si él, estaremos viviendo en la mentira y la falsedad. Compartir su vida SÓLO  es posible si caminamos en la luz, que es el mismo Dios. En definitiva, no podemos afirmar que le seguimos si nuestras actitudes y acciones niegan la centralidad de Cristo en nuestra vida personal y comunitaria. Si es así, nos estaremos engañando, y la oscuridad, la mentira y la falsedad serán las bases de nuestras incongruentes acciones.

La carta continúa con una afirmación que complementa y permite comprender la anterior. “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros” (1 Jn. 1, 8) En definitiva: quienes andan en la oscuridad no pueden ver su pecado; por lo tanto, afirman que no han pecado y en consecuencia no necesitan ser convertidos. Creo que el mensaje es claro: a mayor oscuridad menos conciencia de pecado. Esto es perceptible en personas y comunidades: les es más difícil encontrar las actitudes e ideas que le alejan de Dios en la medida en que caminan en la oscuridad, en la ausencia de Dios. Por lo tanto, la presencia de Dios en nuestras vidas es luz que revela nuestro pecado, nos permite encontrarnos con la verdad personal y comunitaria.

Por lo tanto, creo que podemos afirmar que:

– el gran problema de nuestra vida de fe personal y comunitaria son los conflictos, sino la ausencia de luz, que nos hace caminar a oscuras afirmando falsamente que compartimos la vida y el destino de Jesús.

– necesitamos una gran dosis de realismo, que sólo vendrá dado en la medida en que aceptemos que Jesús es la única luz que puede revelarnos las oscuridades de nuestra vida.

– es necesario acercarse a quien es la palabra y la vida: éstas se han manifestado en la persona de Jesús. Dejarnos interpelar por sus actitudes y sus opciones: ante la mujer, ante el desvalido, ante los saduceos, fariseos, sumos sacerdotes, ante su propia familia, ante sus amigos, ante la realidad.

– Mentir es afirmar compartir su vida cuando en realidad andamos a oscuras. Peligro claro para la Vida Religiosa, que tradicionalmente ha sido considerada por sus miembros y por la Iglesia como el “reservorio de la verdad”. Seremos más auténticos en la medida en que dejemos que la luz de Dios revele nuestras propias herejías.

– ante una sociedad hipersensible, fragmentada e individualista, es importante sacar a la luz las formas en las cuales estas características forman parte de nuestra vida cotidiana. Sin eso, iremos perdiendo el sentido profunda de una entrega que, posiblemente, es más compensación que donación, sin descubrir las raíces de esta ausencia progresiva. Solamente reconociendo nuestro pecado podremos encontrar en Jesús la fuente de la vida y de la salvación.


El Reino de Dios, ¿a qué se parece?

30 octubre, 2012

El Reino de Dios se parece a la semilla de mostaza sembrada en la huerta, que se convirtió en arbusto y los pájaros se cobijaron en sus ramas (Lc. 13).

El Reino de Dios se parece a la levadura que hace fermentar la masa; deja de ser, muere, para dar vida a quien es diferente.

El Reino de Dios se parece a la madre que se restringe en sus gustos y satisfacciones, da vida a su hijo o a su hija, y al final de la vida se encuentra con la satisfacción de haber amado hasta donde la existencia se lo permitía.

El Reino de Dios se parece al sol, que muere para dar paso a la noche, y así revelarnos su su transitoriedad y el rostro de quien es Eterno.

El Reino de Dios se parece al hombre y a la mujer que desechan todo lo que parecía fértil, bueno, grandioso, plenificante, para dar paso a una vida entregada entre los más pobres y necesitados.

El Reino de Dios se parece a la lámpara que poco a poco se consume, y da luz en medio de la noche.

El Reino de Dios se parece a un niño o a una niña, que sacrifica su merienda para dar lo que tiene a los niños y niñas que más lo necesitan.

El Reino de Dios se parece a un padre de familia, que llega agobiado del trabajo con una sonrisa y dispuesto a desgastar las últimas horas del día jugando con sus hijos o sus hijas.

El Reino de Dios se parece a un maestro, que pudiendo tener una mejor calidad de vida, opta por educar en las condiciones más difíciles.

El Reino de Dios se parece a un sabio anciano, que al estar en casa nos invita a permanecer en ella, a dar calor de hogar, a encontrarnos como hermanos, como familia.

El Reino de Dios se parece a un hijo o a una hija, que sacrifica sus placeres y necesidades por ayudar a su madre a superar una enfermedad crónica.

El Reino de Dios se parece a una joven que descubre al amor y se compromete a compartir su cuerpo y su alma, su vida y su existencia, su corazón virgen, con el Amado.

El Reino de Dios se parece a un mendigo, que ofrece su ayuda a una pareja que acaba de sufrir un accidente a altas horas de la noche y se expone a mayores peligros.

El Reino de Dios se parece a un sacerdote que deja el altar y el clériman y se hace hermano de los más pobres y necesitados.

El Reino de Dios se parece a un hombre que trabaja y trabaja, convencido de que está construyendo un mundo mejor.

El Reino de Dios se parece a una joven atea, que día tras día, semana tras semana, año tras año, acompaña sin mayor recompensa a las víctimas de violaciones de Derechos Humanos a oficinas y lugares donde debe implorarse lo que es un derecho fundamental.

El Reino de Dios se parece a un adolescente que cuida a su madre parapléjica apenas sale del liceo, aprendiendo a amarla desde la enfermedad.

El Reino de Dios se parece a un hombre que, por sus convicciones, es capaz de dar la vida.

¡Sí, Señor, he sido testigo de la presencia del Reino de Dios!

 


Revés de la masculinidad

Una aproximación psicoanalítica a la construcción subjetiva de lo masculino

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