Epifanía

 

                Hoy en día de la Epifanía, solemnidad en la que recordamos a los Magos que, desde el Oriente, se acercan, guiados por una estrella en medio de la oscuridad, al pesebre. También hoy celebramos la llegada de algunos hermanos de la comunidad, quienes vienen después de un año de Noviciado o de visitar a sus familias por el asueto navideño.

                Con esta idea, llego a la comunidad. Pienso en que debemos abastecer en algo nuestra despensa, aunque los precios se han disparado alocadamente y son pocos los comercios que han abierto sus puertas. “Algo siempre se consigue…” pensé, y decidí salir a buscar lo necesario.

                Golpes de realidad comienzo a percibir. Al llegar a la panadería, ya no hay pan. En consecuencia, debemos usar la harina de maíz que es escasa, y que muchas veces no llega para el fin de mes. Además, me dice el panadero que a partir de ahora se entregará sin bolsa. “¿Cómo no lo había imaginado antes? Ya sé que para salir a comprar debo llevar mis bolsas, ya que están escasas y su valor se ha incrementado vertiginosamente”

                Sigo mi ruta hacia el lugar donde suelo comprar las verduras. “¡Está abierto, qué alegría! Podré comprar algunas verduras para el fin de…” Una inmensa cola para pagar a través de la tarjeta de débito me obliga a pensar si vale la pena el esfuerzo. Si calculo que cada persona puede llevarse entre 3 y 5 minutos, debo saber que al menos dos horas estaré esperando. No, no vale la pena. Aunque tal vez sí, si tuviera el tiempo disponible, pero no lo tengo. Debo seguir, aunque ahora no pueda llevar las verduras. Algún lugar encontraré donde pueda llevar, al menos algo, tal vez un poco más caro, pero en lo que tarde menos tiempo…

                Me acerco a la carnicería y la charcutería. Los precios me golpean: carne a Bs. 300.000,00 el kilo y el queso que solía comprar ya está en Bs. 240.000,00. Calculo precios… ¿y cómo compra uno eso si lo que gana, con el aumento que acaba de decretar el Gobierno Nacional, apenas llega a los Bs. 900.000,00 mensual? Imposible, creo que restructurar el menú… una vez más, reducir, reducir, reducir…

                Voy caminando vagamente. En los sitios donde no hay personas pagando con tarjeta, sólo reciben dinero en efectivo. El tan escaso dinero, que ya venden a un 20% en algunos negocios, de manera clandestina. Y yo ya no tengo dinero en efectivo, por lo que sólo queda pasar de largo…

Sigo mi ruta. Consigo un pequeño negocio donde logro comprar tomates, cambures, algo de carne y queso que sólo dará para un fin de semana. Allí dejo más de Bs. 450.000,00. Los pago, sin pensar en lo que haré mañana. “Danos, Señor, el pan de cada día”. No el de mañana, ni pasado. Sólo el de hoy. Él se encarga de darnos el pan de cada día. Viene a mí la cita de Evangelio, en la que Jesús nos recuerda que el Padre nunca se olvida de sus hijos. Me voy, confiado en que mañana será otro día, y que Dios nos dará aliento, salud y fortaleza para poder vivir.

                En todo esto, percibo cómo la realidad me golpea. Hoy percibo más dura la noche, pero recuerdo que estamos en Epifanía. La estrella brilla, tal vez yo que podido quedar enceguecido ante tantos golpes que recibimos a diario. Brilla, a pesar de lo oscuro de la noche. Sigue el camino, la estrella nos indica cuál es el sendero. El Señor nace, y con Él la esperanza del tiempo que aún no acontece pero llegará. En medio de la noche, sientes cómo el sistema se convierte en un peso que busca impedir el camino, doblegar las rodillas, bajar la cabeza. Pero, desde el corazón, surge la fuerza que erige tu rostro, sostiene tus piernas y te permite dar un paso más. Sólo un paso más, un paso cada día. Así, sin detenernos, llegaremos, en algún momento, a contemplar al Salvador que nace en medio del pesebre.

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Juicio Final

Tuve hambre y me diste de comer,

Tuve sed y me diste de beber,

Tuve miedo y me diste valor

Tuve rabia y me diste perdón

Me desnudaron y me cubriste,

Estuve herido y me auxiliaste.

Fui golpeado y me cuidaste

Me dispararon; tú sanaste mis heridas.

Lloré como un niño, y me consolaste.

Pensé en darlo todo, y me dijiste que debía entregarme yo,

Olvidé mi dignidad, y Tú la convertiste en la razón de mis luchas.

Todo lo veía oscuro, tú lo hiciste tricolor.

Convertiste el hambre en la fuente de mi energía,

La enfermedad incurada en la fuente de mi salud,

La injusticia en la mecha que enciende las ganas de seguir luchando,

La ausencia de futuro en la intensidad del presente.

Pensé que había que alcanzar la paz, y me dijiste que la paz es el camino.

Pensé que era un sueño; abriste mis ojos, y vi que era más real que mi existencia.

 

 

Jazmines en el Lídice

Meche… la tristeza te engaña, haciéndote creer que hace seis años se acabó la vida, la felicidad, la humanidad…

Aída… la mujer que sueña con salir del barrio, se hace extraña a él, pero no de ser parte de ese mundo insólito de relaciones que nos atrapan como una red a nuestro terruño…

Anabel… tu fortaleza es la máxima expresión de tu debilidad…

Dayana… das vida a tu niño asesinado aferrándote a la niñez perdida, a la inocencia dejada en el tiempo….

Yoli… entre tus santos y el alcohol, buscas ahogar el dolor y las preguntas que surgen ante el absurdo de la violencia que te arrebató lo más preciado….

Sandra… has muerto, has perdido la vida, has entumecido tus huesos que ya no bailan, y tu corazón que ya no sienten…

Todas ustedes han sido víctimas, a pesar de esa culpabilidad que les acompaña desde hace seis años, cuando sus hijos fueron acribillados. Hoy, en el aniversario de vida de Dayana, sólo la muerte parece tener la última palabra, y la existencia se eterniza dando giros intolerables ante el mal. Allí, en ese barrio del Lídice, cuyo nombre conmemora paradójicamente la masacre de 1942…

En la historia, seis mujeres que han perdido a sus seres queridos se reúnen para un cumpleaños y para hablar del recuerdo | FOTO Leonardo Guzmán

Hoy, Lídice, es lugar de muerte y de resignación. Es lugar donde se existe, pero no se vive; se sueña con el temor de encontrarse con la realidad; se grita, aunque lo verdaderamente dicho sea incomprensible.

En un pais donde nuestros jóvenes mueren por la violencia, no nos queda más que reconocer que

“en la tierra donde mueren nuestros hijos, es la tierra donde nacen las flores”

Organización Esperanza Venezuela

 

No llores

No llores, mujer. Dios ha escuchado tu dolor y tu llanto. Con tu hijo, sientes que lo has perdido todo, que ya nada tiene sentido.

No llores. Muchas también hoy se lamentan por la pérdida de lo más valioso. Algunas lo han perdido por el misterioso mal que habita en nuestra carne débil. Otras, por el misterioso mal que habita en el corazón de otros, que genera muerte y violencia.

No llores, mujer. Dios ha escuchado tu súplica. La vida no ha perdido su sentido, a pesar de haber perdido lo más valioso. Has perdido personas amadas, pero no has perdido en Amor. Has perdido vida, pero no has perdido a quien es la fuente de toda vida. Has perdido el sendero, pero no has perdido la brújula. Has perdido mucho, pero no lo has perdido todo.

No llores. Tu hijo está en el lugar del cual salió. Porque tu hijo no salió primero de tu vientre, sino de la creación amorosa de Dios, quien quiso compartir contigo aquello que te hace imagen y semejanza de Él: la maternidad. Hoy, tu hijo está con el Padre, esperando con los brazos abiertos tu llegada; Jesús le ha devuelto la vida, y sólo espera entregártelo en vida plena el último día.

No llores, mujer. También María, madre de Dios, ha vivido en carne propia tu dolor. Ha gritado desde el dolor, porque la violencia y la muerte no saben de amor; separa lo que nunca ha debido dividirse. Pero ella, como tú, levanta sus ojos al cielo, guarda todo en su corazón, y espera la venida de quien nunca debió partir.

No llores. Tu vida sigue siendo vida. El llanto es sólo para quienes han perdido lo que la fe nos asegura. El llanto es sólo para quienes no han descubierto que sólo Dios basta.

No llores. “Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo”

(Reflexiones del Evangelio del domingo 09 de junio 2013, tomada del Evangelio de Lucas 7,11-17)

Impotencia

No sé cuáles pueden ser los sustantivos que en estos momentos describan nuestros sentimientos. Ayer recibía la noticia de la muerte brutal de Franger Mambel, un joven conocido por toda la comunidad de Cerro Gordo, el Trompillo, Barquisimeto, donde tuve el gran gusto de trabajar durante unos años. Apenas hoy es que puedo comenzar a digerir los sentimientos que nacen de la realidad. Sí, Franger, después de diez días de desaparecido, junto a Jhonder y Edson, fuiste encontrado en avanzado estado de descomposición, en una vieja carretera que comunica   a Barquisimeto con Carora. Sí, asumamos la verdad…. están muertos… fueron asesinados.

Sólo escribirlo me causa conmoción, rabia, dolor, impotencia, frustración… Una vez más, una maldita vez más, la violencia, el terror y la muerte injusta toman la escena de la realidad. Las imágenes que nos colocan los medios informativos son terroríficas; la gente de nuestra comunidad de la parroquia del Trompillo, en plena calle, protestando por el reclamo de un derecho humano fundamental que debe estar garantizado por los organismos públicos. Sí,… “debe”. Pero no me cabe duda que, tal como me decía una sabia hermana… “la violencia y el terror no son un problema; son una política de Estado, una manera de llevar el país, una forma de ejercer el control social”….

Señor, no sé si ya caben en una hoja de papel los nombres de todas las personas cercanas cuya vida ha sido arrebatada por la violencia. Son tantos, no sé cuántas líneas podría llenar… Pero sé que mi dolor y mi rabia no se comparan con la impotencia y el miedo de quienes ven a sus hijos, a sus seres queridos, en una noticia en el cuerpo de sucesos.

Son tan encontrados los sentimientos que ni siquiera me he atrevido a comunicarme con una familia que durante mi vida en Barquisimeto fue un ejemplo único de entrega a la comunidad cristiana, a la vida de la Iglesia, a la vida de fe… y hoy ven a Franger y a quienes le acompañaban en un cajón mortuorio. Desde este breve espacio, sólo quiero decirles que les acompaño en el dolor, aunque no se puede nunca comparar el que ahora sienten ellos al que yo ahora vivo. Desde la lejanía geográfica, pero con mi corazón en mi amado Trompillo, espero que la fe, que tantas veces celebramos juntos, sea la que pueda darles la fuerza para continuar viviendo, a pesar de que todo pareciese perder sentido…

Y a ti, Franger, con quien compartí importantes momentos, sólo tú y yo sabremos lo profundo que fueron nuestros diálogos. Supe de tus miedos y tus angustias, de tus deseos de vivir y de dar lo mejor de ti, de ser un buen hijo y un buen hermano. Te conocí… tuve la dicha de conocerte. Sé que hoy, desde el cielo, después de esos minutos de terror que cerraron tus ojos para siempre en esta vida, estás acompañándonos, y pidiendo a Dios y a la Virgen por todos los jóvenes de nuestro país, por la erradicación de la violencia, por la  paz de nuestro pueblo. Un abrazo,… que Dios te bendiga.